Siempre expectante ante la posibilidad de cualquier sorpresa sobrevenida de la nada, el pasado domingo Nueva York me regaló para poner la guinda a la semana antes del tedioso lunes, un buen cierre.
Pasear tranquilamente por cualquier calle o avenida tiene estas, en ocasiones, sorprendentes salidas de tono que te alegran el ánimo sin gastar un céntimo. Y es que parece que la ciudad de los rascacielos, donde mucho de lo que ves es superficial y casi siempre tiene un precio, se torna generosa sobre todo en verano. El arte, que no las ciencias o los números, parece más proclive a actos sin ánimo de lucro que ponen la nota de color y convierten a esta ciudad en única, en los puntos más concurridos o los más recónditos.
Pasear tranquilamente por cualquier calle o avenida tiene estas, en ocasiones, sorprendentes salidas de tono que te alegran el ánimo sin gastar un céntimo. Y es que parece que la ciudad de los rascacielos, donde mucho de lo que ves es superficial y casi siempre tiene un precio, se torna generosa sobre todo en verano. El arte, que no las ciencias o los números, parece más proclive a actos sin ánimo de lucro que ponen la nota de color y convierten a esta ciudad en única, en los puntos más concurridos o los más recónditos.
Resulta que cada verano Lincoln Center deleita a locales y visitantes con espectáculos al aire libre. Este año, las obras ante el magestuoso edificio hacen que las sorpresas que han trasladado a la parte trasera, pasen casi desapercibidas a no ser que sepas de ellas a priori. Por suerte, la calma de la ciudad un domingo por la tarde hicieron que el sonido de la percusión de los tambores coreanos me hiciera preguntarme qué diablos estaba pasando allí. En la parte trasera del Lincoln Center, se ha habilitado una explanada inmensa llena de sillas con tenderete incluído para la venta de material promocional (esto que no falte) además de otro pequeño e improvisado bar donde aprovisionarte de una cerveza bien fría o una margarita mientras disfrutas del espectáculo.
Los coreanos estaban terminando, una lástima porque el sonido y la energía que desplegaban en el escenario era para quitarse el sombrero, pero algo difícil de describir estaba a punto de comenzar. Como un espejo de la propia ciudad, un brasileño encabezaba el invento. Cyro Baptista subió encima del escenario a un conjunto de artistas claramente venidos de aquí, de allá y de más allá, conformando un caleidoscopio musical realmente curioso.
Trataré de definir no sin esfuerzo lo que ante mis ojos se presentó como una pirueta musical cuanto menos extravagante y muy, muy divertida. En realidad, 'Cyro Baptista and Beat the Donkey' son un reflejo de la propia ciudad sobre un escenario una noche de verano. Pongamos en la coctelera sonidos de aquí y de allá, instrumentos de los más rocambolesco algunos de ellos 'made in mi propia casa', un grupo de músicos, bailarines o no sabría bien cómo definirlos cuyas pieles conformaban un abanido entre el negro azabache y el blanco gheisha, indumentaria extravagante y colorida como no podía ser de otra forma... puesto todo en la coctelera ellos mismos se encargaban de agitarse haciendo sonar al tiempo un clarinete y un inmenso tambor, una guitarra eléctrica y un micrófono como los de las manifestaciones multitudinarias coreando mensajes protesta a través de un altavoz... El resultado: sonidos de jazz jugando con percusiones africanas o sonidos pop tratando de encontrar el equilibrio con melodías orientales. En definitiva, que al final hasta resultaba normal escuchar una samba con letra japonesa mientras que otra asiática componente del grupo, vestida como si fuera un dibujo animado o una india hippie movía las caderas como marca la música (que no las formas de su escondida anatomía lejos de los consavidos excesos de las mulatas brasileñas meneando caderas).
Así una tras otra, el repertorio desembocó en una despedida en la que la sección brasileña de la grada, agrupada en uno de los laterales, acabó bailando y desgañitándose a veces sin venir a cuento, probablemente movidos por la pasión que genera la añoranza del país regada por alguna que otra margarita. El próximo viernes, a las 7.00 de la tarde, 200 guitarras eléctricas prometen, cuanto menos, una entretenida apertura de un nuevo fin de semana.






