lunes, 11 de agosto de 2008

Samba en japonés

Siempre expectante ante la posibilidad de cualquier sorpresa sobrevenida de la nada, el pasado domingo Nueva York me regaló para poner la guinda a la semana antes del tedioso lunes, un buen cierre.

Pasear tranquilamente por cualquier calle o avenida tiene estas, en ocasiones, sorprendentes salidas de tono que te alegran el ánimo sin gastar un céntimo. Y es que parece que la ciudad de los rascacielos, donde mucho de lo que ves es superficial y casi siempre tiene un precio, se torna generosa sobre todo en verano. El arte, que no las ciencias o los números, parece más proclive a actos sin ánimo de lucro que ponen la nota de color y convierten a esta ciudad en única, en los puntos más concurridos o los más recónditos.

Resulta que cada verano Lincoln Center deleita a locales y visitantes con espectáculos al aire libre. Este año, las obras ante el magestuoso edificio hacen que las sorpresas que han trasladado a la parte trasera, pasen casi desapercibidas a no ser que sepas de ellas a priori. Por suerte, la calma de la ciudad un domingo por la tarde hicieron que el sonido de la percusión de los tambores coreanos me hiciera preguntarme qué diablos estaba pasando allí. En la parte trasera del Lincoln Center, se ha habilitado una explanada inmensa llena de sillas con tenderete incluído para la venta de material promocional (esto que no falte) además de otro pequeño e improvisado bar donde aprovisionarte de una cerveza bien fría o una margarita mientras disfrutas del espectáculo.

Los coreanos estaban terminando, una lástima porque el sonido y la energía que desplegaban en el escenario era para quitarse el sombrero, pero algo difícil de describir estaba a punto de comenzar. Como un espejo de la propia ciudad, un brasileño encabezaba el invento. Cyro Baptista subió encima del escenario a un conjunto de artistas claramente venidos de aquí, de allá y de más allá, conformando un caleidoscopio musical realmente curioso.

Trataré de definir no sin esfuerzo lo que ante mis ojos se presentó como una pirueta musical cuanto menos extravagante y muy, muy divertida. En realidad, 'Cyro Baptista and Beat the Donkey' son un reflejo de la propia ciudad sobre un escenario una noche de verano. Pongamos en la coctelera sonidos de aquí y de allá, instrumentos de los más rocambolesco algunos de ellos 'made in mi propia casa', un grupo de músicos, bailarines o no sabría bien cómo definirlos cuyas pieles conformaban un abanido entre el negro azabache y el blanco gheisha, indumentaria extravagante y colorida como no podía ser de otra forma... puesto todo en la coctelera ellos mismos se encargaban de agitarse haciendo sonar al tiempo un clarinete y un inmenso tambor, una guitarra eléctrica y un micrófono como los de las manifestaciones multitudinarias coreando mensajes protesta a través de un altavoz... El resultado: sonidos de jazz jugando con percusiones africanas o sonidos pop tratando de encontrar el equilibrio con melodías orientales. En definitiva, que al final hasta resultaba normal escuchar una samba con letra japonesa mientras que otra asiática componente del grupo, vestida como si fuera un dibujo animado o una india hippie movía las caderas como marca la música (que no las formas de su escondida anatomía lejos de los consavidos excesos de las mulatas brasileñas meneando caderas).


Así una tras otra, el repertorio desembocó en una despedida en la que la sección brasileña de la grada, agrupada en uno de los laterales, acabó bailando y desgañitándose a veces sin venir a cuento, probablemente movidos por la pasión que genera la añoranza del país regada por alguna que otra margarita. El próximo viernes, a las 7.00 de la tarde, 200 guitarras eléctricas prometen, cuanto menos, una entretenida apertura de un nuevo fin de semana.

lunes, 4 de agosto de 2008

Rascacielos de piedra en el Cañón del Colorado.

Agua, vida, vida y mucha más vida. Con el río florece en lo profundo del cañón un paraiso natural difícil de imaginar desde la cima. Comenzando en Marble Canyon, el agua color esmeralda pronostica en su extraordinaria conexión con el azul del cielo plagado de nubes blancas y formaciones rojas a lo largo de su recorrido, un viaje mágico lleno de historias, historia, naturaleza y grandiosidad.


Calor extremo, agua extrememadamento fría, vegetación frondosa, flores, roca, playas de arena fina y casi blanca junto a formaciones de millones de años en constante cambio. Flores alucinógenas, catedrales de piedra compitiendo en silencio por su belleza, magestuosa y rotunda. Árboles que abren grietas en las rocas y crecen alargando sus ramas hacia el sol impetuoso que reina cada día. Cactus que parecen pulpos vegetales mostrando sus tentáculos surgidos de lo más profundo del mar de rocas que puebla este inmenso monumento natural. Luna llena de noche, sol, más sol, mucho más sol. Julio cumple con su misión de aportar su particular ración de intensidad a la experiencia del Gran Cañón.


El río se torna mucho más oscuro, arrastrando barro, algunas ramas y múltiples sedimentos a lo largo de su curso. Calma, calma, más calma mientras escuchas el ronroneo cada vez más poderoso de un salto de agua seguido por un tramo de rápidos. Rápidos cargados de agresividad domesticada por un barco demasiado pesado para volcar, pero donde se cuentan historias de los primeros intrépidos exploradores del Gran Cañón.

Ruido de chicharras ensordecedor y el calor de las rocas, abrasador, despiadado a la caída de la tarde... no hay respiro. El viento árido y la sequedad extrema del aire intensifican la sensación de estar como en otro planeta, donde las condiciones de vida son extremas pero la belleza tan inmensa que compensa la extenuación al final del día.

Pasamos del rojo a medida que avanzamos a un negro charol de unas rocas que parecen estar derritiéndose y que hablan de un pasado volcánico. La erosión, el sol, la nieve y el hielo del inverno dibujan en todo momento formas impredecibles y nunca iguales. Vetas rosadas atraviesan como rayos algunas de estas brillantes paredes oscuras. Más y más formaciones que generan cañones laterales. Son como catedrales góticas o templos chinos, cada una de ellas original y magnífica. Surgen de la nada arroyos paradisiacos que en algún punto te regalan en forma de cascada una ducha natural, cristalina y revitalizante.

El cielo se torna oscuro de pronto, la amenaza de lluvia es casi como un regalo. El sol abrasa y sólo el río, cuando entras vestido en el para matener el cuerpo fresco después, alivia temperaturas extremas para los humanos. Humanos que desde siempre se han adentrado en las entrañas del cañón atraídos por lo que sólo si puedes ver, puedes entender.



Por las noches, mientras duermes tendida en la arena escuchando el rumor del río, la naturaleza sigue su curso. Con suerte nada te molesta y sólo tienes que sacudir tus zapatos antes de ponértelos por la mañana por si un escorpión o algún otro ciudadano desértico decidió acampar dentro esa noche. Con las primeras luces abres los ojos y si miras alrededor, a menudo ves huellas, recorridos a veces laberíntidos de quien ha merodeado por allí toda la noche pero no quiso molestar. Mejor así. El amanecer es como cada cosa aquí intenso, inmenso, silencioso... Sólo tienes que abrir los ojos al despertar y el regalo es tuyo, sin hacer nada. Te acuestas con un universo de estrellas acariciando tus sueños y te levantas con el sol despuntando tras las rocas rojas que pintan el horizonte de un paisaje asombroso.

Vuelta al agua, a la búsqueda de movimiento en la quietud mayúscula de las formaciones rocosas del cañón. Si estás atento, pronto comenzarán a desfilar por esa pasarela salvaje animales de toda condición por tierra y aire. Casi sientes que te estás entromentiendo en su día a día. Es como entrar en la casa de alguien sin pedir permiso y ver cómo se afeita o abre la nevera para buscar leche para el desayuno. Sin embargo, aquí los animales se mueven contando con el respeto del que mira y trata de pasar desapercibido en este vouyerismo desértico excepcional.


El curso del río va cayendo, hasta 2000 pies de altura desde el origen del viaje en Lees Ferry. El agua contiene cada vez más barro, una espesura que se ha convertido en algo tan familiar después de días que entrar en ella es casi como una anécdota insignificante.

En la última etapa del viaje, aún quedan sorpresas que no por esperadas decepcionan. Sorprende seguro ver el azul y el marrón chocolate dándose la mano formando dibujos en el agua. Como un vals de colores. Estamos en Havasu, simplemente uno de los lugares más memorables del cañón. Aguas cristalinas, piscinas naturales, casacadas que desembocan si continúas avanzando a la contra del transcurso del río en una impresionante caída de agua a la que no llegaremos. Sólo la veremos en las fotos de los libros y sin duda en las postales de las tiendas de regalos fuera del cañón, porque aquí no hay nada de eso. No hay prisa, ni cobertura de móviles, ni resquicios de ninguna de las vidas que cada uno llevamos detrás. Sólo hay un río que cuando entras en él, parece atraparte y trasladarte a otra realidad. Lo de fuera no existe. Hay tantos estímulos que reclaman cada segundo la atención de los sentidos aquí, que parece que este mundo es el real y lo que dejaste atrás es cómo una película de alguien que pareces tú pero como en otra dimensión, en otro tiempo.


La realidad es más real en el cañón, en las mismas entrañas de la tierra, abrazados por una naturaleza salvaje, desbordante, en apariencia inmutable pero siempre cambiante. La luz, los colores, los olores, el contraste extremo entre el calor infernal y despiadado de julio y un agua que fluye a una temperatura que corta la respiración.
Nueva York parece desde aquí cómo una mujer que a pesar de no ser muy agraciada supo sacarse el mejor partido de sí misma. Bolsos, zapatos, complementos, maquillaje, sesiones de peluquería para estar siempre perfecta y una buena dosis de marketing personal y lucha contra el desaliento. Demasiado perifollo buscando impresionar, conseguir miradas, éxito, renombre.

El Gran Cañón es la belleza serena y salvaje a la vez de quien nació guapa y no necesita adornos, ni laca de uñas, ni sombra de ojos. Un universo totalmente opuesto a la ciudad, donde la luna y el sol, el viento y la arena, el agua y las piedras lo llenan todo sin pretensión alguna.