13.00 horas de un domingo cualquiera en Manhattan. Para ser más preciso, primer domingo después del largo invierno en el que la ciudad huele a primavera. Upper West Side, 58 grados y grupos de jóvenes hambrientos de ‘brunch’ y de exhibicionismo se arremolinan a las puertas de restaurantes en los que para conseguir una mesa, hay que hacer cola. A nadie le molesta, el sol lo pinta todo de color de rosa.
Entro con mi pareja en un restaurante tailandés que dejó en mi recuerdo y en mi paladar sensaciones de tal deleite que casi estoy dispuesta cruzar el Hudson a nado sólo para dejarme sorprender por el siempre espectacular ‘Today´s special’ (Especial del día).
Esta vez mi comida fue sin embargo agridulce. Nada tuvo que ver con los exóticos sabores asiáticos, sino con los ojos de una niña de unos 10 años que desde unas mesas más allá, me miraba de reojo sobre la montura de sus gafas de pasta azul, ligeramente caídas, en un gesto de triste solidaridad con el ángulo cabizbajo y apesadumbrado de su cabeza.
Frente a ella, una señora a la que supuse su madre, con manicura y peluquería impecables, manejaba con igual destreza los palillos del plato que el teclado del ordenador portátil que sostenía sobre sus rodillas como un complemento más de su indumentaria. Ligeramente ladeada en su silla y con los auriculares conectados al ordenador, yo me preguntaba en qué momento olvidó la presencia de su hija en la silla de enfrente.
Con un auricular en cada oído, los dedos volando por el teclado y la mirada completamente absorta en la pantalla, los minutos pasaban y mientras yo disfrutaba de mi especial tanto como del placer de poder compartir ese momento con alguien, los ojos de la pequeña revoloteaban de mesa en mesa en silencio, con la mirada lánguida mientras enrollaba con el tenedor los ‘noodles’ más tristes que alguien pueda comer: los que se comparten con alguien sentado en tu misma mesa y que comparte a su vez su plato con la adicción a la tecnología, la adicción al trabajo o ambas al mismo tiempo. En definitiva, una forma de comportamiento humano adulto que no entiendo y que me llenó de tristeza.
¿Dónde quedó en esa mesa el tiempo para saborear de la comida? ¿Y el tiempo para conversar con su hija? ¿Y el tiempo para disfrutar de una radiante mañana de domingo?. Supongo que se quedó disperso entre las teclas del ordenador o volatilizado en las ondas hercianas del espacio virtual.
Unas horas más tarde en una librería captó mi atención el título de un de un autor llamado Jaron Lanier: ‘You are not a gadget’ (‘No eres una máquina’) y su frase gancho para la reflexión: “What happens when we stops shapping technology and technology stars shaping us?” (¿Qué pasa cuando dejamos de manejar a la tecnología y la tecnología comienza a manejarnos a nosotros?). Esta historia no sería más que una de las respuestas…