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miércoles, 29 de julio de 2009

Sobredosis de cafeína y borachera verde

Uno de los atractivos de Nueva York, como de toda gran ciudad que se precie es en ocasiones poderse escapar de ella. Si desde el JFK coges un avión y atraviesas el país dirigiéndote al oeste, en seis horas aterrizas en la ciudad que bien se tiene ganado el calificativo de gris si tenemos la mala costumbre de simplificar. Lo cierto es que Seattle de gris, mirando más allá de los colores, no tiene nada. Cuando llegas lo primero que debes hacer es atrasar tres horas tu reloj, y es que en este país donde todo es grande, la distancia sí, entre el este y el oeste, cubre un espacio que envuelven tres husos horarios.

Siendo como soy una chica de ciudad de repente estaba loca por descubrir esa cara noroeste del país a través de uno de sus enclaves más representativos. Una ciudad que huele a café y en la que me emborraché de los 'Lattes' con la mejor espuma que he probado en mi vida (lo digo aun a riesgo de sonar 'snob'). En Seattle los ecos de Starbucks, Amazon, Boeing, Microsoft y demás, han elevado un escalón los niveles de conocimiento colectivo de la ciudad más allá de estas fronteras. La gente va en bici, el transporte público es gratuito en el centro, todo está hecho mucho más a la medida de las personas y se respira un ritmo que nada tiene que ver con el frenetismo de Manhattan. El agua envuelve los límites habitables como quien se arremolina un pañuelo al cuello y ofrece una imagen fresca, elegante, suave y suntuosa. Desde diferentes puntos de una ciudad donde abundan las colinas, el skyline se muestra discreto, coqueto, poco presuntuoso. Sólo el Space Needle, construído con motivo de la exposición universal de 1962, araña el cielo de forma atrevida como si quisiera ser la competencia moderna a quién ha estado ahí desde siempre, el impresionante Mont Rainier, símbolo del otro Seattle, el Seattle verde del que luego hablaré.



Sólo en días en los que las nubes son benévolas y se toman el día libre dejando el cielo más o menos despejado, se intuye ese gran volcán cubierto de hielo, como un holograma, silencioso, rotundo, bello como lo son las grandes imágenes de la naturaleza, con un transfondo de misterio y respeto que asombra por su magnificencia pero que sabes que te helará el corazón si un día despierta de su silencio. Seattle está lleno de cultura, restaurantes con buena comida, un mercado, el Pike Place Market que a pesar de ser destino de masas te hace volverte loca con el colorido de las verduras, las flores y el pescado fresco además de otras delicatesen que visten este enclave de la ciudad con sabores, olores y colores que tiran por el suelo el mito del gris.


Más color lo encontramos en los barrios, Cober Hill, Ballard o Freemond son buenos ejemplos. Su seña de identidad particular se deja ver y sentir en los restaurantes, los comercios y cómo no, en el tipo de gente y su indumentaria tan alejada de los tacones de aguja del Midtown Manhattan o el Finacial District.


Pero sin duda, la guinda de Seattle no es roja, no, tampoco es gris, es verde y blanca, azul y marrón y la encontramos fuera de Seattle y dentro del estado de Washington. Son montañas espectaculares en el interior donde la nieve es perpetua en la cima, los bosques espesos y misteriosos como los de Twin Peaks y las flores salvajes, sencillas pero grandiosas en colores cuando tras el largo deshielo despuntan vistiendo las laderas con su frescura y la belleza de los paisajes de los calendarios que siempre nos inspiran paraisos lejanos. Luego está la costa, los perfiles de la tierra que encajan con las aguas del Pacífico en esta zona, son caprichosos. Amplias playas con puntas llenas de rocas y pequeñas islas que en diferentes condiciones meteorológicas parecen centinelas silenciosos, joyas mazizas de tierra emergiendo del mar coronadas por árboles cuyos perfiles a la caída del sol de la tarde, son tan precisos que casi parece que podrías recortar la línea del horizonte y llevártela de recuerdo en la mochila.



Eso, la mochila, es la parte menos divertida. Para ver uno de los lugares más impresionantes de mi vida caminé 7 millas o lo que es lo mismo , 10 kilómetros de subidas y bajadas pateando senderos en el interior del bosque. Los pies se hunden atravesando playas antes de que la marea suba para llegar la un lugar donde el tiempo sólo tiene sentido en relación al paisaje cambiante que marca la mañana, la tarde y la noche. Allí los sentidos se abren y el monedero se cierra y cada minuto es precioso por original e inmaculado. La sencillez de una naturaleza apenas tocada por el hombre es en estos días es un tesoro tan poco común que cuando estás allí casi no puedes creerlo. Todo esto está en Olimpic National Park, no tan conocido como Yosemite pero por ello incluso más valioso.




Estoy de vuelta a la civilización, a la humedad pegajosa y asfixiante del verano de Manhattan, a las masas de gentes con paso firme y ligero, a los turistas embobados con las luces de Times Square y a las tiendas llenas de cosas que tantas veces me recuerdan lo pobre que soy en esta ciudad en muchas maneras. Dos costas, dos mundos, una nueva experiencia. Seattle como un nuevo vértice de este país de contrastes que visto de nuevo desde la costa este, se me pinta como un lugar 'amigable', palabra obviamente influenciada por el inglés ('friedly') que poco a poco empieza a provocar que a veces mi español suene ciertamente raro.

domingo, 13 de julio de 2008

El epicentro de la locura

Junto a uno de los laterales de la estación de autobuses, han levantado prácticamente toda la acera dejando sólo un pasadizo estrecho en el que a ratos se agolpan los que llegan de Jersey, los que buscan los autobuses para ir Newark o al JFK, los que arrastran maletas saliendo de Port Authority y no saben ni dónde van... Cruzo la octava con la 42, con el perpetuo sonido metálico, contundente e irritable, el sonido superlativo de las máquinas trabajando en la creación de otro nuevo rascacielos frente al edificio del New York Times y la terminal de autobuses.

Asciendo por la 42, el vapor sale por las rejas que hay junto a la acera. Bocanadas de un humo blanco del que todo el mundo se pregunta su origen sin encontrar una fácil respuesta. Gente y más gente camina en grupos o parejas, con mochilas, cámaras, gorras y mapas en la mano. Caminan pesadamente, como aturdidos por la marea humana o probablemente y a pesar de mi incomprensión, moviéndose entre ella como pez en el agua. Encontrando una excusa cada diez pasos para una nueva foto que obliga a hacer si cabe más lento el paso de los que caminan, que se paran para no estropear la instantánea, como si fuera un tramo de acera con cien semáforos siempre cerrados a la espera del cambio de luz.

Estamos en el epicentro de la locura, en la meca de la luz, el ruido y el consumo de lo que sea. Caricaturas a 5 dólares, gorras con tu propio grafiti personalizado, más humo un poco más adelante en un carro de pinchos morunos o cómo aquí se llamen, que envuelve el aire de un profundo olor a chamusquina poco apetecible. Más humo, más gente. Un carrito de nueces y almendras caramelizadas despista de nuevo el olfato, esta vez con un olor dulzón profundo. Ordas de adolescentes hacen cola frente al museo de los 'freakys', unos pasos más allá otros se hacen una foto con Whoopi Goldberg en la puerta del Madame Tussauds. El olor intenso a hamburguesa rápida y aceite reutilizado sale por el local completamente abierto a la calle de Mcdonals. Lejos de causar repulsión, atrapa a gente y más gente, que entra, que sale, que camina arriba y abajo. Los adolescentes en grupo simplemente están en su salsa, ajenos a todo o más bien excitados con todo, inmersos en esa felicidad absurda que da la edad del pavo y que potencia tanto reclamo comercial. Chalecos rojos y camisas amarillas compiten a lo largo de la calle para vender tickets para subir en los autobuses turísticos de dos plantas. Los turistas aturullados, algunos sin saber mucho inglés andan como en otra galaxia, sin pensar, para qué, hagamos lo que hace todo el mundo aunque tengamos dos piernas y no nos venga mal un poco de ejercicio.



Huele a papel ahora, papel de periódico del kiosco cerca de la salida del metro. Una boca de metro que escupe gente como si tanto turista le fuese indigesto. Las escaleras mecánicas no dan abasto y junto a la salida, una tienda de ropa deportiva seguro ha comprobado que vende más cuánto más alto sea el volumen de una música que estridente, envuelve un espacio lleno de gente deambulando entre ropa de marca, camisetas de los Yankees de beisbol, gorras, promociones especiales...

Cruzo Broadway y a partir de ahí, recupero un poco la calma, la mayoría gira a la izquierda para llegar al objetivo: Times Square o el delirio superlativo. Un señor negro, trajeado de domingo acaricia las cuerdas de su guitarra lejos de la multitud, toca con los ojos cerrados y el gesto de felicidad de los que aman lo que hacen, no importa si están en el Madison Square Garden o en la acera de cualquier calle. Podría suponerse que lo que quiere es que le escuchen, le sientan y recompensen su música con un dólar perdido en el bolsillo. Podría suponerse que debería entonces buscar un lugar más concurrido, una esquina más abajo, sin embargo escapa de la multitud... ¿será que no tiene mucha fe en la sensibilidad musical de una masa que obviamente es bastante sensible a otros muchos reclamos?