domingo, 13 de julio de 2008

El epicentro de la locura

Junto a uno de los laterales de la estación de autobuses, han levantado prácticamente toda la acera dejando sólo un pasadizo estrecho en el que a ratos se agolpan los que llegan de Jersey, los que buscan los autobuses para ir Newark o al JFK, los que arrastran maletas saliendo de Port Authority y no saben ni dónde van... Cruzo la octava con la 42, con el perpetuo sonido metálico, contundente e irritable, el sonido superlativo de las máquinas trabajando en la creación de otro nuevo rascacielos frente al edificio del New York Times y la terminal de autobuses.

Asciendo por la 42, el vapor sale por las rejas que hay junto a la acera. Bocanadas de un humo blanco del que todo el mundo se pregunta su origen sin encontrar una fácil respuesta. Gente y más gente camina en grupos o parejas, con mochilas, cámaras, gorras y mapas en la mano. Caminan pesadamente, como aturdidos por la marea humana o probablemente y a pesar de mi incomprensión, moviéndose entre ella como pez en el agua. Encontrando una excusa cada diez pasos para una nueva foto que obliga a hacer si cabe más lento el paso de los que caminan, que se paran para no estropear la instantánea, como si fuera un tramo de acera con cien semáforos siempre cerrados a la espera del cambio de luz.

Estamos en el epicentro de la locura, en la meca de la luz, el ruido y el consumo de lo que sea. Caricaturas a 5 dólares, gorras con tu propio grafiti personalizado, más humo un poco más adelante en un carro de pinchos morunos o cómo aquí se llamen, que envuelve el aire de un profundo olor a chamusquina poco apetecible. Más humo, más gente. Un carrito de nueces y almendras caramelizadas despista de nuevo el olfato, esta vez con un olor dulzón profundo. Ordas de adolescentes hacen cola frente al museo de los 'freakys', unos pasos más allá otros se hacen una foto con Whoopi Goldberg en la puerta del Madame Tussauds. El olor intenso a hamburguesa rápida y aceite reutilizado sale por el local completamente abierto a la calle de Mcdonals. Lejos de causar repulsión, atrapa a gente y más gente, que entra, que sale, que camina arriba y abajo. Los adolescentes en grupo simplemente están en su salsa, ajenos a todo o más bien excitados con todo, inmersos en esa felicidad absurda que da la edad del pavo y que potencia tanto reclamo comercial. Chalecos rojos y camisas amarillas compiten a lo largo de la calle para vender tickets para subir en los autobuses turísticos de dos plantas. Los turistas aturullados, algunos sin saber mucho inglés andan como en otra galaxia, sin pensar, para qué, hagamos lo que hace todo el mundo aunque tengamos dos piernas y no nos venga mal un poco de ejercicio.



Huele a papel ahora, papel de periódico del kiosco cerca de la salida del metro. Una boca de metro que escupe gente como si tanto turista le fuese indigesto. Las escaleras mecánicas no dan abasto y junto a la salida, una tienda de ropa deportiva seguro ha comprobado que vende más cuánto más alto sea el volumen de una música que estridente, envuelve un espacio lleno de gente deambulando entre ropa de marca, camisetas de los Yankees de beisbol, gorras, promociones especiales...

Cruzo Broadway y a partir de ahí, recupero un poco la calma, la mayoría gira a la izquierda para llegar al objetivo: Times Square o el delirio superlativo. Un señor negro, trajeado de domingo acaricia las cuerdas de su guitarra lejos de la multitud, toca con los ojos cerrados y el gesto de felicidad de los que aman lo que hacen, no importa si están en el Madison Square Garden o en la acera de cualquier calle. Podría suponerse que lo que quiere es que le escuchen, le sientan y recompensen su música con un dólar perdido en el bolsillo. Podría suponerse que debería entonces buscar un lugar más concurrido, una esquina más abajo, sin embargo escapa de la multitud... ¿será que no tiene mucha fe en la sensibilidad musical de una masa que obviamente es bastante sensible a otros muchos reclamos?

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