miércoles, 24 de septiembre de 2008

Miradas robadas

Un objetivo 55-200 puede guiarte por las calles de cualquier ciudad como si de una dimensión paralela se tratase, un mundo distinto, distante, casi cinematográfico. Te escondes tras la pequeña mirilla tras la cual te gustaría volverte imperceptible, como el aire que va arañando las esquinas y que se cuela por los rincones. Volverte invisible a esas miradas que ansías atrapar y que sin embargo, huyen desconfiadas a la mínima sospecha de unos ojos extraños.


Sería perfecto ser un humano evaporado tras los punteros luminosos de tu cámara digital. Caminar por las calles robando momentos sin miedo a que te sorprendan detrás de tu objetivo. Inmortalizar un tiempo y un espacio, una banalidad cualquiera, un gesto espontáneo, un caminar que batalla contra el reloj, o el peso de unos pasos que se conforman con sobrellevar un nuevo día en esta isla de duro asfalto, de altas expectativas y moderadas o indecentes recompensas, según y con quien tropieces.



Así me pierdo estos días, detrás de un objetivo y sin más objetivo que los que caminan ahí fuera, en la realidad al otro lado de mi cámara. Una realidad a la que me gusta imaginar que no pertenezco, a la que observo como si fuera un enviado especial a una misión con billete de vuelta a Marte... nada más lejos de la ‘realidad’. Me mezclo con ella y a veces hasta consigo ver ángulos, luces, colores derramados sin querer en la composición casual de un rincón. Lo inerte sorprende o pasa desapercibido, pero lo que conmueve es otra cosa. Son las caras, los gestos, sonrisas perdidas pertenecientes al territorio del delirio o miradas cuya profundidad esconde sin duda historias menos fáciles y felices que las que muestran los anuncios. Imágenes de personas a las que me gustaría guardar en mi galería de vidas imaginadas revelándose tras el gesto de un milisegundo.




Esas, raras veces las capto. Tras la sencillez de apretar un botón, los matices para alcanzar aquello que perciben tus ojos son tan infinitos que el abatimiento asoma cuando en casa ves el resultado a pantalla completa. Nada de lo que viste está ahí, se quedó formando parte de la escena que te pareció de repente reveladora, perfecta, expresiva y llena de contenido, pero que se perdió no sabes muy bien y otra vez por qué. Se quedó en tu deseo de volver a captar otra foto que no fue, pero que esperas arrancar mañana de esa realidad que esta ahí para que la atrapes y para hablarte desde su delirio, desde su belleza, desde su glamour o su miseria, su pasión o su tedio, para hablarte con imágenes. Aquellas imágenes que a veces pierde mi objetivo, pero nunca mi mirada.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Nueva York, una ciudad para ancianos... chinos

Nunca he estado en China, ni se cómo huele China, ni cómo pasan su tiempo libre los chinos o cómo se comportan cuando comparten mesa en un restaurante. No se cómo está cambiando el gigante dormido que desde hace tiempo se despereza y amenaza con cambiar las reglas del juego. Sin embargo, sí puedo curiosear y perder mis pasos silenciosos y perplejos por las callejuelas de Chinatown en la parte baja de Manhattan. Un microuniverso que no se si está más o menos lejos de la realidad de su país pero que bulle cada día de actividad, de gente, de sonidos, colores y sobre todo olores. En este microcosmos, se da la paradoja de la edad de oro en el mismo corazón de una ciudad perfecta para jóvenes con ambición, y no tan apetecible cuando los años te piden una dosis menor de adrenalina.

Apenas tropiezas con ancianos en Nueva York. Es demasiado agresiva y hostil para la progresiva necesidad de calma de un adulto que vive sus días de retiro con una ansia de tranquilidad de espíritu. Los de aquí se mudan a Florida o a otros espacios del sur, donde la temperatura y el ritmo son más benignos y considerados con la salud física y mental (aunque otras serán las paradojas). Sin embargo, Chinatown rompe las reglas y abraza en su laberinto de calles, tiendas, diminutos apartamentos, pequeños parques... a ancianos que sin el mínimo gesto de desasosiego pueblan determinados espacios de esta pequeña China llenado el devenir de sus días de una intensa actividad social.

Chinatown es una porción de ciudad que ha crecido por y para satisfacer las necesidades de los miles de ojos rasgados que viven aquí. Miles de asiáticos que se afanan, algunos, en atraer la atención de los turistas, pero muchos otros en vender su pescado, su fruta, en cortar el pelo, en vender productos de allí, aquí, en tener siempre a punto sus restaurantes, sus librerías... Todo por y para retoalimentar la vida de una China lejana de origen pero viva y celosa de sus tradiciones.


En medio de esta China, que robó un bocado de Manhattan para el uso y disfrute propio, un espacio trepidante y sorprendente, un anciano duerme apaciblemente en un parque tumbado sobre una piedra, ellas se decantan por las cartas cubiendo sus centenarias cabezas donde las arrugas hablan de largos caminos recorridos. Otros simplemente se encaraman en cuchlillas a una piedra con sus pies desafiando la fuerza de la gravedad, agarrándose a unas rudimentarias clanclas desgastadas. Ven pasar el tiempo, la gente, los cambios de la luz en silencio, como digiriendo pausadamente los minutos con los ojos y su mundo interior, probablemente muy diferente del de un anciano occidental.


En este parque en el corazón de Chinatown y muy cerca del distrito financiero, se contrapone la prisa con la placidez del tiempo paladeado con calma del que a pesar de no tener un futuro generoso por delante, cuenta con un lujo escaso en Nueva York: tiempo para ver pasar el tiempo.



Me pregunto por qué todos estos ancianos nunca volvieron y si se sienten en esta pequeña China como en casa. Me pregunto cuántos veces se desplazan o se desplazaron fuera de los límites de su universo conocido, donde hay que hablar un idioma que quizás algunos nunca aprendieron a pesar de pasar buena parte de sus vidas aquí. Un instrumento suena en una esquina y una anciana acaba de unirse a la animada partida de cartas mientras el anciano que dormía en su confortable piedra, se despereza y mira con los ojos ahora muy abierots el mundo a su alrededor. Un mundo que igual que hace una hora, va escribiendo en las páginas de mis recorridos por la ciudad un capítulo más de una cotidianeidad de sus calles y barrios.