Nueva York se ha despertado hoy mirando al invierno. Tras un benévolo y apacible otoño que más parecía una perezosa prolongación de los alegres días de sol y terrazas, esta mañana las miradas eras esquivas, los cuellos altos, las cabezas bajas y el paso eso sí, rápido como casi siempre. Las faldas más largas y los pañuelos al cuello. Ya no se veían las chanclas saltarinas en los pies de media ciudad y hemos pasado a un desfile de botas de caña, medias y altas, con tacones de nuevo a veces discretos, y otras imposibles. A algunos turistas el frío les ha sorprendido esta mañana saliendo del hotel con una simple chaqueta de entretiempo, o camiseta de manga larga. Caminaban con paso ligero por las calles en busca de la cafetería más cercana para sostener entre sus manos, que recogían tensas en sus bolsillos o entre sus brazos cruzados, un primer café posiblemente en vaso de cartón, antes de ponerse en marcha.
El otoño se ha instalado finalmente en la ciudad, pero ahora sólo con un resquicio de sol que recuerda a la estación anterior y un más que presente viento afilado en las esquinas que agudiza la sensación de frío y recuerda, de forma rotunda, que lo que vendrá a partir de ahora será un termómetro menguante según avancen los días.
Ante la amenaza de los rigores climáticos que son tan inherentes a esta ciudad como sus rascacielos, camino por la Cctava avenida hasta llegar cerca de Central Park. Sin traspasar la calle 59 que me haría desembocar en este oasis verde en medio de la ciudad, me quedo a las puertas planeando una nueva visita al Metropólitan en los próximos días para tras salir, dar un paseo por el parque a la busca y captura de la estampa de los árboles que poco a poco van mudando su vestido otoñal, por una apariencia más escueta pero no menos pintoresca.
Es otoño en Nueva York y por la noche estos días las luces que iluminan el Empire State Building son moradas y naranjas. Hablan sin articular palabra de uno de los días que se aproxima y que desde hace más de una semana, puebla las entradas de algunas casas de calabazas, espantapájaros, telarañas e incluso lápidas en el pequeño jardín de la puerta. Halloween se acerca, el frío se hace más presente, los árboles comienzan a perder las hojas y a la gente en los primeros días de cambio brusco de temperatura el caracter se le apena un poco. Las pastelerías venden 'pumpking pie' y ya muchos han comprado los billetes para volar el día de Acción de Gracias a reunirse con los suyos. Pero antes que ese día llegue, un nuevo presidente marcará no sólo los nuevos designios de un imperio que parece ultimamente se tambalea, sino las conversaciones de la cola de supermercado, del restaurante, de la peluquería o el salón de manicura... Las elecciones están a la vuelta de la esquina y según se aproximen, no importa si el frío quiere imponer su presencia cada día un poco más, el ambiente continúa caldeándose y las apuestas aún no se atreven predecir con claridad si el 'cambio' está por llegar y de qué mano vendrá.

