Siendo como soy una chica de ciudad de repente estaba loca por descubrir esa cara noroeste del país a través de uno de sus enclaves más representativos. Una ciudad que huele a café y en la que me emborraché de los 'Lattes' con la mejor espuma que he probado en mi vida (lo digo aun a riesgo de sonar 'snob'). En Seattle los ecos de Starbucks, Amazon, Boeing, Microsoft y demás, han elevado un escalón los niveles de conocimiento colectivo de la ciudad más allá de estas fronteras. La gente va en bici, el transporte público es gratuito en el centro, todo está hecho mucho más a la medida de las personas y se respira un ritmo que nada tiene que ver con el frenetismo de Manhattan. El agua envuelve los límites habitables como quien se arremolina un pañuelo al cuello y ofrece una imagen fresca, elegante, suave y suntuosa. Desde diferentes puntos de una ciudad donde abundan las colinas, el skyline se muestra discreto, coqueto, poco presuntuoso. Sólo el Space Needle, construído con motivo de la exposición universal de 1962, araña el cielo de forma atrevida como si quisiera ser la competencia moderna a quién ha estado ahí desde siempre, el impresionante Mont Rainier, símbolo del otro Seattle, el Seattle verde del que luego hablaré.
Pero sin duda, la guinda de Seattle no es roja, no, tampoco es gris, es verde y blanca, azul y marrón y la encontramos fuera de Seattle y dentro del estado de Washington. Son montañas espectaculares en el interior donde la nieve es perpetua en la cima, los bosques espesos y misteriosos como los de Twin Peaks y las flores salvajes, sencillas pero grandiosas en colores cuando tras el largo deshielo despuntan vistiendo las laderas con su frescura y la belleza de los paisajes de los calendarios que siempre nos inspiran paraisos lejanos. Luego está la costa, los perfiles de la tierra que encajan con las aguas del Pacífico en esta zona, son caprichosos. Amplias playas con puntas llenas de rocas y pequeñas islas que en diferentes condiciones meteorológicas parecen centinelas silenciosos, joyas mazizas de tierra emergiendo del mar coronadas por árboles cuyos perfiles a la caída del sol de la tarde, son tan precisos que casi parece que podrías recortar la línea del horizonte y llevártela de recuerdo en la mochila.
Eso, la mochila, es la parte menos divertida. Para ver uno de los lugares más impresionantes de mi vida caminé 7 millas o lo que es lo mismo , 10 kilómetros de subidas y bajadas pateando senderos en el interior del bosque. Los pies se hunden atravesando playas antes de que la marea suba para llegar la un lugar donde el tiempo sólo tiene sentido en relación al paisaje cambiante que marca la mañana, la tarde y la noche. Allí los sentidos se abren y el monedero se cierra y cada minuto es precioso por original e inmaculado. La sencillez de una naturaleza apenas tocada por el hombre es en estos días es un tesoro tan poco común que cuando estás allí casi no puedes creerlo. Todo esto está en Olimpic National Park, no tan conocido como Yosemite pero por ello incluso más valioso.
Estoy de vuelta a la civilización, a la humedad pegajosa y asfixiante del verano de Manhattan, a las masas de gentes con paso firme y ligero, a los turistas embobados con las luces de Times Square y a las tiendas llenas de cosas que tantas veces me recuerdan lo pobre que soy en esta ciudad en muchas maneras. Dos costas, dos mundos, una nueva experiencia. Seattle como un nuevo vértice de este país de contrastes que visto de nuevo desde la costa este, se me pinta como un lugar 'amigable', palabra obviamente influenciada por el inglés ('friedly') que poco a poco empieza a provocar que a veces mi español suene ciertamente raro.

