martes, 25 de noviembre de 2008

Pavo, Navidad a la vista y miedo contenido

Probablemente Thanksgiving es es la fiesta con más significado a este lado del Atlántico en esa amplia, tantas veces magnificada y tantas otras sobrevalorada tierra llamada Norte América. Estos días se vuela de punta a punta del país avivándose el sentimiento familiar que los españoles tenemos tan arraigado y que por aquí parece vivirse de otra forma. Thankgiving es sinónimo de una gran fiesta alrededor de la mesa y en ella no puede faltar el célebre pavo para el que un horno a la altura de las circunstacias, es absolútamente imprescindible. En un país donde todo es grande, tienes suerte si encuentras uno de menos de seis kilos en el que emplear a fondo tus habilidades culinarias. Desde el New York Times con su especial de recetas para triunfar como anfitriones, hasta el despliegue de todo tipo de detalles en las estanterías del Whole Foods junto a las neveras donde los pavos se ofertan con generosidad de peso (que no de precio), todo está casi listo para el gran día.

En el empeño de dignificar al máximo tan benerada fecha, se alían incluso los comercios o los restaurantes, que por una vez cierran sus puertas cuando aún es de día. Hoy y mañana se ultiman las últimas compras para la mesa y se alimenta no sólo el apetito carnívoro sino el estrés de preparar una cena como dios manda, sobre todo en una ciudad como Nueva York donde casi nadie cocina. Esto genera sin duda una especie de ansiedad gastronómica que poco tiene que ver con el apetito sino más con los preliminares de tener todo listo para preparar el relleno del pavo, las salsas que lo complementen, verduras, sweet potatos, aperitivos varios y un broche final coronado por el tradicional 'Pumkin pie' o pastel de calabaza. Comida, comida y más comida, esta vez con la insólita responsabilidad sobre todo en esta urbe, de ser preparada de forma casera. La falta de costumbre y el ritmo siempre repleto de obligaciones de esta ciudad, sin duda aviva las prisas del último minuto por tener todo listo para una celebración cuyo significado va más allá del sentimiento familiar.

Thanksgiving no sólo marca un punto de encuentro, una reunión esperada por todos aromatizada por los fogones de la cocina. Thanksgiving marca el pistoletazo de salida para la siguiente gran celebración. Y es que cuando el último jueves de noviembre toque a su fin, los comercios que ese día cerraron de forma extraordinaria a las 3 o las 4 de la tarde, estarán listos para comenzar la carrera por aprovechar uno de los periodos más fructíferos en ventas del todo el año. Las Navidades no llegarán hasta dentro de un mes, pero aquí los puestos callejeros, la pista de hielo de Central Park, Bryan Park o el Roquefeller Center, están funcionando desde hace días. Oficialmente la temporada de compras navideñas se inicia tras el Día de Acción de Gracias y aunque no hay día del año en que aquí no encuentres un reclamo para salir y consumir, en el subconsciente colectivo la regla funciona tan bien que seguro la actividad comercial comienza a despuntar con fuerza después del día del pavo, este año seguro con más recato. Habrá que ver qué estrategias emplean los grandes publicistas para lograr desviar la atención del miedo mediático por la amenazante recesión económica y transformarlo en una 'gratificante experiencia sensorial y personal bla, bla, bla' que consiga que la gente siga soltando dinero del bolsillo cuando muchos comienzan a darse cuenta de que en realidad, es mucho lo que no se necesita y muchas razones por las que no gastar. Intuyo que la euforia navideña será la última inyección de optimismo contenido antes entrar en una oscura cuesta de enero que todo el mundo teme este año más que nunca y razón por la cual vamos a disfrutar del pavo por si en adelante no podemos comer más que sopita delante de la televisión. Happy Thanksgiving.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Otoño en Nueva York

Nueva York se ha despertado hoy mirando al invierno. Tras un benévolo y apacible otoño que más parecía una perezosa prolongación de los alegres días de sol y terrazas, esta mañana las miradas eras esquivas, los cuellos altos, las cabezas bajas y el paso eso sí, rápido como casi siempre. Las faldas más largas y los pañuelos al cuello. Ya no se veían las chanclas saltarinas en los pies de media ciudad y hemos pasado a un desfile de botas de caña, medias y altas, con tacones de nuevo a veces discretos, y otras imposibles. A algunos turistas el frío les ha sorprendido esta mañana saliendo del hotel con una simple chaqueta de entretiempo, o camiseta de manga larga. Caminaban con paso ligero por las calles en busca de la cafetería más cercana para sostener entre sus manos, que recogían tensas en sus bolsillos o entre sus brazos cruzados, un primer café posiblemente en vaso de cartón, antes de ponerse en marcha.

El otoño se ha instalado finalmente en la ciudad, pero ahora sólo con un resquicio de sol que recuerda a la estación anterior y un más que presente viento afilado en las esquinas que agudiza la sensación de frío y recuerda, de forma rotunda, que lo que vendrá a partir de ahora será un termómetro menguante según avancen los días.

Ante la amenaza de los rigores climáticos que son tan inherentes a esta ciudad como sus rascacielos, camino por la Cctava avenida hasta llegar cerca de Central Park. Sin traspasar la calle 59 que me haría desembocar en este oasis verde en medio de la ciudad, me quedo a las puertas planeando una nueva visita al Metropólitan en los próximos días para tras salir, dar un paseo por el parque a la busca y captura de la estampa de los árboles que poco a poco van mudando su vestido otoñal, por una apariencia más escueta pero no menos pintoresca.

Es otoño en Nueva York y por la noche estos días las luces que iluminan el Empire State Building son moradas y naranjas. Hablan sin articular palabra de uno de los días que se aproxima y que desde hace más de una semana, puebla las entradas de algunas casas de calabazas, espantapájaros, telarañas e incluso lápidas en el pequeño jardín de la puerta. Halloween se acerca, el frío se hace más presente, los árboles comienzan a perder las hojas y a la gente en los primeros días de cambio brusco de temperatura el caracter se le apena un poco. Las pastelerías venden 'pumpking pie' y ya muchos han comprado los billetes para volar el día de Acción de Gracias a reunirse con los suyos. Pero antes que ese día llegue, un nuevo presidente marcará no sólo los nuevos designios de un imperio que parece ultimamente se tambalea, sino las conversaciones de la cola de supermercado, del restaurante, de la peluquería o el salón de manicura... Las elecciones están a la vuelta de la esquina y según se aproximen, no importa si el frío quiere imponer su presencia cada día un poco más, el ambiente continúa caldeándose y las apuestas aún no se atreven predecir con claridad si el 'cambio' está por llegar y de qué mano vendrá.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Miradas robadas

Un objetivo 55-200 puede guiarte por las calles de cualquier ciudad como si de una dimensión paralela se tratase, un mundo distinto, distante, casi cinematográfico. Te escondes tras la pequeña mirilla tras la cual te gustaría volverte imperceptible, como el aire que va arañando las esquinas y que se cuela por los rincones. Volverte invisible a esas miradas que ansías atrapar y que sin embargo, huyen desconfiadas a la mínima sospecha de unos ojos extraños.


Sería perfecto ser un humano evaporado tras los punteros luminosos de tu cámara digital. Caminar por las calles robando momentos sin miedo a que te sorprendan detrás de tu objetivo. Inmortalizar un tiempo y un espacio, una banalidad cualquiera, un gesto espontáneo, un caminar que batalla contra el reloj, o el peso de unos pasos que se conforman con sobrellevar un nuevo día en esta isla de duro asfalto, de altas expectativas y moderadas o indecentes recompensas, según y con quien tropieces.



Así me pierdo estos días, detrás de un objetivo y sin más objetivo que los que caminan ahí fuera, en la realidad al otro lado de mi cámara. Una realidad a la que me gusta imaginar que no pertenezco, a la que observo como si fuera un enviado especial a una misión con billete de vuelta a Marte... nada más lejos de la ‘realidad’. Me mezclo con ella y a veces hasta consigo ver ángulos, luces, colores derramados sin querer en la composición casual de un rincón. Lo inerte sorprende o pasa desapercibido, pero lo que conmueve es otra cosa. Son las caras, los gestos, sonrisas perdidas pertenecientes al territorio del delirio o miradas cuya profundidad esconde sin duda historias menos fáciles y felices que las que muestran los anuncios. Imágenes de personas a las que me gustaría guardar en mi galería de vidas imaginadas revelándose tras el gesto de un milisegundo.




Esas, raras veces las capto. Tras la sencillez de apretar un botón, los matices para alcanzar aquello que perciben tus ojos son tan infinitos que el abatimiento asoma cuando en casa ves el resultado a pantalla completa. Nada de lo que viste está ahí, se quedó formando parte de la escena que te pareció de repente reveladora, perfecta, expresiva y llena de contenido, pero que se perdió no sabes muy bien y otra vez por qué. Se quedó en tu deseo de volver a captar otra foto que no fue, pero que esperas arrancar mañana de esa realidad que esta ahí para que la atrapes y para hablarte desde su delirio, desde su belleza, desde su glamour o su miseria, su pasión o su tedio, para hablarte con imágenes. Aquellas imágenes que a veces pierde mi objetivo, pero nunca mi mirada.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Nueva York, una ciudad para ancianos... chinos

Nunca he estado en China, ni se cómo huele China, ni cómo pasan su tiempo libre los chinos o cómo se comportan cuando comparten mesa en un restaurante. No se cómo está cambiando el gigante dormido que desde hace tiempo se despereza y amenaza con cambiar las reglas del juego. Sin embargo, sí puedo curiosear y perder mis pasos silenciosos y perplejos por las callejuelas de Chinatown en la parte baja de Manhattan. Un microuniverso que no se si está más o menos lejos de la realidad de su país pero que bulle cada día de actividad, de gente, de sonidos, colores y sobre todo olores. En este microcosmos, se da la paradoja de la edad de oro en el mismo corazón de una ciudad perfecta para jóvenes con ambición, y no tan apetecible cuando los años te piden una dosis menor de adrenalina.

Apenas tropiezas con ancianos en Nueva York. Es demasiado agresiva y hostil para la progresiva necesidad de calma de un adulto que vive sus días de retiro con una ansia de tranquilidad de espíritu. Los de aquí se mudan a Florida o a otros espacios del sur, donde la temperatura y el ritmo son más benignos y considerados con la salud física y mental (aunque otras serán las paradojas). Sin embargo, Chinatown rompe las reglas y abraza en su laberinto de calles, tiendas, diminutos apartamentos, pequeños parques... a ancianos que sin el mínimo gesto de desasosiego pueblan determinados espacios de esta pequeña China llenado el devenir de sus días de una intensa actividad social.

Chinatown es una porción de ciudad que ha crecido por y para satisfacer las necesidades de los miles de ojos rasgados que viven aquí. Miles de asiáticos que se afanan, algunos, en atraer la atención de los turistas, pero muchos otros en vender su pescado, su fruta, en cortar el pelo, en vender productos de allí, aquí, en tener siempre a punto sus restaurantes, sus librerías... Todo por y para retoalimentar la vida de una China lejana de origen pero viva y celosa de sus tradiciones.


En medio de esta China, que robó un bocado de Manhattan para el uso y disfrute propio, un espacio trepidante y sorprendente, un anciano duerme apaciblemente en un parque tumbado sobre una piedra, ellas se decantan por las cartas cubiendo sus centenarias cabezas donde las arrugas hablan de largos caminos recorridos. Otros simplemente se encaraman en cuchlillas a una piedra con sus pies desafiando la fuerza de la gravedad, agarrándose a unas rudimentarias clanclas desgastadas. Ven pasar el tiempo, la gente, los cambios de la luz en silencio, como digiriendo pausadamente los minutos con los ojos y su mundo interior, probablemente muy diferente del de un anciano occidental.


En este parque en el corazón de Chinatown y muy cerca del distrito financiero, se contrapone la prisa con la placidez del tiempo paladeado con calma del que a pesar de no tener un futuro generoso por delante, cuenta con un lujo escaso en Nueva York: tiempo para ver pasar el tiempo.



Me pregunto por qué todos estos ancianos nunca volvieron y si se sienten en esta pequeña China como en casa. Me pregunto cuántos veces se desplazan o se desplazaron fuera de los límites de su universo conocido, donde hay que hablar un idioma que quizás algunos nunca aprendieron a pesar de pasar buena parte de sus vidas aquí. Un instrumento suena en una esquina y una anciana acaba de unirse a la animada partida de cartas mientras el anciano que dormía en su confortable piedra, se despereza y mira con los ojos ahora muy abierots el mundo a su alrededor. Un mundo que igual que hace una hora, va escribiendo en las páginas de mis recorridos por la ciudad un capítulo más de una cotidianeidad de sus calles y barrios.

lunes, 11 de agosto de 2008

Samba en japonés

Siempre expectante ante la posibilidad de cualquier sorpresa sobrevenida de la nada, el pasado domingo Nueva York me regaló para poner la guinda a la semana antes del tedioso lunes, un buen cierre.

Pasear tranquilamente por cualquier calle o avenida tiene estas, en ocasiones, sorprendentes salidas de tono que te alegran el ánimo sin gastar un céntimo. Y es que parece que la ciudad de los rascacielos, donde mucho de lo que ves es superficial y casi siempre tiene un precio, se torna generosa sobre todo en verano. El arte, que no las ciencias o los números, parece más proclive a actos sin ánimo de lucro que ponen la nota de color y convierten a esta ciudad en única, en los puntos más concurridos o los más recónditos.

Resulta que cada verano Lincoln Center deleita a locales y visitantes con espectáculos al aire libre. Este año, las obras ante el magestuoso edificio hacen que las sorpresas que han trasladado a la parte trasera, pasen casi desapercibidas a no ser que sepas de ellas a priori. Por suerte, la calma de la ciudad un domingo por la tarde hicieron que el sonido de la percusión de los tambores coreanos me hiciera preguntarme qué diablos estaba pasando allí. En la parte trasera del Lincoln Center, se ha habilitado una explanada inmensa llena de sillas con tenderete incluído para la venta de material promocional (esto que no falte) además de otro pequeño e improvisado bar donde aprovisionarte de una cerveza bien fría o una margarita mientras disfrutas del espectáculo.

Los coreanos estaban terminando, una lástima porque el sonido y la energía que desplegaban en el escenario era para quitarse el sombrero, pero algo difícil de describir estaba a punto de comenzar. Como un espejo de la propia ciudad, un brasileño encabezaba el invento. Cyro Baptista subió encima del escenario a un conjunto de artistas claramente venidos de aquí, de allá y de más allá, conformando un caleidoscopio musical realmente curioso.

Trataré de definir no sin esfuerzo lo que ante mis ojos se presentó como una pirueta musical cuanto menos extravagante y muy, muy divertida. En realidad, 'Cyro Baptista and Beat the Donkey' son un reflejo de la propia ciudad sobre un escenario una noche de verano. Pongamos en la coctelera sonidos de aquí y de allá, instrumentos de los más rocambolesco algunos de ellos 'made in mi propia casa', un grupo de músicos, bailarines o no sabría bien cómo definirlos cuyas pieles conformaban un abanido entre el negro azabache y el blanco gheisha, indumentaria extravagante y colorida como no podía ser de otra forma... puesto todo en la coctelera ellos mismos se encargaban de agitarse haciendo sonar al tiempo un clarinete y un inmenso tambor, una guitarra eléctrica y un micrófono como los de las manifestaciones multitudinarias coreando mensajes protesta a través de un altavoz... El resultado: sonidos de jazz jugando con percusiones africanas o sonidos pop tratando de encontrar el equilibrio con melodías orientales. En definitiva, que al final hasta resultaba normal escuchar una samba con letra japonesa mientras que otra asiática componente del grupo, vestida como si fuera un dibujo animado o una india hippie movía las caderas como marca la música (que no las formas de su escondida anatomía lejos de los consavidos excesos de las mulatas brasileñas meneando caderas).


Así una tras otra, el repertorio desembocó en una despedida en la que la sección brasileña de la grada, agrupada en uno de los laterales, acabó bailando y desgañitándose a veces sin venir a cuento, probablemente movidos por la pasión que genera la añoranza del país regada por alguna que otra margarita. El próximo viernes, a las 7.00 de la tarde, 200 guitarras eléctricas prometen, cuanto menos, una entretenida apertura de un nuevo fin de semana.