martes, 13 de enero de 2009

Un café con dos tazas...

Yo diría que cuando en Manhattan hay quien pide un café y dos tazas para compartir, las cosas están peor que mal.

Enero ha aterrizado según lo esperado, implacable, duro, frío con una sensación de incertidumbre y miedo que hace temblar más que el gélido viento que se desliza por las avenidas de la ciudad de los sueños, hoy un poco más vacía por la falta de turistas.

En estos días la gente camina por las calles con la cabeza baja, mirando de reojo restaurantes que si no vacíos, representan una inusual estampa a la hora de comer o cenar. En una ciudad donde nadie cocina me pregunto si la sección de libros de recetas de las librerías está repuntado sus ventas. Parece que más de uno está aprendiendo a darle a la sartén para poder preparar la cena en casa tras el café con dos tazas que compartió un poco antes, en un intento de pretender que nada sucede y que aún se sale. En estos días se sale sí, pero apenas se gasta.

El paro está llegando en este país casi al 7%, cifra insólita donde las haya aunque en otras latitudes estemos acostumbrados incluso a números más hirientes. Los que tienen trabajo se agarran a él con uñas y dientes y como es costumbre, los de arriba, aprovechan para apretar tuercas a sabiendas que nadie va a decir ni pío con la que está cayendo.

Es enero en Nueva York, la crisis lacerante sigue afilando la cuchilla y mientras todo el mundo contiene la respiración y trata de sobrevivir a lo que se está viendo encima desde hace tiempo, nieva fuera. Es hora para una nueva película, bajada de internet claro, y un buen cuenco de palomitas.

lunes, 12 de enero de 2009

6 ene_09 / Madrid vs NY

Es seis de enero y creo que estoy sobrevolando Canadá, una inmensidad desde el cielo inhóspita y cubierta de nieve y hielo. Parecen adivinarse minúsculas agrupaciones de casas a lo lejos, cercanas a carreteras infinitas que se pierden en el horizonte.

Pronto un giro al sur-este y me aproximaré de nuevo a NY, donde la concentración alcanza su grado superlativo en la isla de Manhattan. Apartamentos en hileras ascendentes, tráfico y más tráfico arriba y abajo por las avenidas, sueños, decepciones, trabajo, empeño y gentes de todo el mundo compartiendo el reducido espacio de un vagón de metro y sus aspiraciones de conseguir tocar el cielo, no sin el esfuerzo imponderable de sobrevivir aquí, en el suelo. En ese asfalto duro acostumbrado al paso firme de casi todos los que por aquí caminan.

A todo esto regreso de España, de mi Madrid de sentimientos encontrados y escenarios que pertenecerán siempre a mi memoria a pesar de la distancia. Madrid lleno de críticos con el sistema americano y cada vez más atrapados por su promesa de la felicidad material, por la victoria de conseguir más metros cuadrados mudándose cada vez más a la afueras, atrapados por el inquietante devenir de conductores casi zombis los fines de semana hacia las grandes zonas comerciales.

Madrid también sigue siendo el jaleo, el bullicio en los bares, el gentío del centro, las barritas con tomate y las luces de Navidad. Madrid continúa siendo benévolo con el humo de los cigarrillos, tan molesto cuando vienes de lugares donde es suficiente con respirar el humo de los coches y los restaurantes y cafés te dan un respiro.

Madrid sigue siendo el barrio en que crecí, donde veo como muchos han prolongado su estancia estableciendo un compromiso de futuro. Un barrio salpicado de caras que ahora empujan carritos de niños hacia el piso que han comprado en algunos casos cerca de casa de los abuelos.

Madrid sigue siendo un lugar donde disfrutar de forma gratuita de un montón de arte, algo que adoro. Museos, fundaciones, galerías envolviendo la ciudad de múltiples opciones a coste cero. Algo que escasea por este lado del Atlántico.

Pero Madrid sigue siendo sin duda, por delante de todo lo demás, mi familia, que cada vez me llena los ojos de lágrimas con su generosidad, sencillez y amor incondicional, que no espera nada a cambio. Madrid son los amigos que aún no he conseguido hacer aquí, aquellos que un 26 de diciembre cancelaron compromisos para estar conmigo. Aquellos que vinieron de lejos y echaron una hora en aparcar en el centro, a los que dejaron a sus peques al cuidado de otros, a los que después de un largo viaje en tren encontraron una motivación para venir a sorprenderme, a todos los que rebuscaron en las fotos del pasado…

Gracias mil a todos por hacer posible una noche que los más ricos de Manhattan no tendrían dinero para pagar. Me siento más rica que todos ellos. Gracias también a los que no estuvieron allí ese viernes pero que siguen ahí y cómo no gracias a mi compañero de viajes, a mi compañero en la vida, a mi otro lado. Ese que con paciencia infinita soportó mis idas, mis venidas, mis no se cuántos compromisos diarios, las múltiples presentaciones…

Fueron unos días locos pero sin duda un auténtico placer. Me traigo mucho de allí para seguir tirando aquí. Gracias a todos por lo que me dais, a veces no se si lo merezco.

Besos y lo mejor para el 2009