Yo diría que cuando en Manhattan hay quien pide un café y dos tazas para compartir, las cosas están peor que mal.
Enero ha aterrizado según lo esperado, implacable, duro, frío con una sensación de incertidumbre y miedo que hace temblar más que el gélido viento que se desliza por las avenidas de la ciudad de los sueños, hoy un poco más vacía por la falta de turistas.
En estos días la gente camina por las calles con la cabeza baja, mirando de reojo restaurantes que si no vacíos, representan una inusual estampa a la hora de comer o cenar. En una ciudad donde nadie cocina me pregunto si la sección de libros de recetas de las librerías está repuntado sus ventas. Parece que más de uno está aprendiendo a darle a la sartén para poder preparar la cena en casa tras el café con dos tazas que compartió un poco antes, en un intento de pretender que nada sucede y que aún se sale. En estos días se sale sí, pero apenas se gasta.
El paro está llegando en este país casi al 7%, cifra insólita donde las haya aunque en otras latitudes estemos acostumbrados incluso a números más hirientes. Los que tienen trabajo se agarran a él con uñas y dientes y como es costumbre, los de arriba, aprovechan para apretar tuercas a sabiendas que nadie va a decir ni pío con la que está cayendo.
Es enero en Nueva York, la crisis lacerante sigue afilando la cuchilla y mientras todo el mundo contiene la respiración y trata de sobrevivir a lo que se está viendo encima desde hace tiempo, nieva fuera. Es hora para una nueva película, bajada de internet claro, y un buen cuenco de palomitas.


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