martes, 21 de abril de 2009

La cara amable del Bronx

Bronx tiene muchas caras, aunque nos empeñemos en etiquetarlo como un lugar donde gentes de piel oscura y dudosa condición merodean por las calles con quién sabe qué intenciones ('gracias' Hollywood!). La realidad es que sí, por algunos barrios mejor no perderse con un mapa en la mano y cara de pasmado pero Bronx es enorme, y en esa enormidad encontramos lugares dignos de mención.

Sin duda una de las caras más amables por no decir deliciosas de Bronx, sobre todo en primavera, la representa su Jardín Botánico. Uno de los más importantes del mundo y en el que perderse resulta un placentero devenir del tiempo rodeados de pura belleza. Para muestra 'varios botones' en forma de imágenes. El olor y el canto de los pájaros no pueden reproducirse en este post pero perderse un día por sus senderos, visitar su invernadero o las salas de exposiciones temporales hacen que cuando vuelves a casa, tengas la sensación de haber desconectado por un tiempo que no tiene nada que ver con el del que marca el reloj. Parajes de ensueño todavía existen en esta ciudad donde el asfalto y los taxis amarillos imponen su ley. He aquí la prueba visual de tan rotunda afirmación.







jueves, 2 de abril de 2009

Coney Island entre tinieblas

Hoy estuve en Coney Island, o el esperpético retrato de la degradación de lo que un día fue un parque de atracciones junto a la playa y hoy no es más que un destartalado escenario donde algunos puestos todavía rezuman olor a grasa e individuos de dudosa condición pasean por el muelle. Para dar aún más dramatismo a la escena, una niebla intensa fue avanzando como un tsunami silencioso del interior del mar hasta el paseo, tragandose poco a poco los puestos de helados, los de perritos calientes y posteriormente su famosa noria y su desvencijada montaña rusa.

No se cómo es Coney Island en verano, pero cuesta creer que nada de todo aquello aún está funcionando, aunque detrás de las barras de los chiringuitos de turno, se ve a algún hispano cacharreando en la cocina. Las atracciones están paradas y tras un cartel que reza 'Hit the freak', no quedan hoy más que escombros y un espacio vacío entre un puesto de bebidas y otro de rancios souvenirs que supongo sobrevive a duras penas.

Una hora desde Manhattan en el lentísimo tren D para llegar a un lugar casi fantasmagórico hoy. De vuelta, en el vagón el traquetreo y el sol pegando en la ventaja junto a mi asiento, he adormecen y medio en sueños, casi siento como que todo ha sido una escena irreal, un sueño extraño, la escena de una película que escarba en las ruinas de un pasado 'glorioso' del que ya no queda más que el nombre.