viernes, 16 de octubre de 2009

San Calvin Klein

En estos días en los que el frío se ha colado sin pedir permiso en la ciudad, la gente camina por las calles con el gesto contrariado. Nadie quiere recordar el largo invierno pasado que parece podría repetirse de nuevo a tenor de las temperaturas recien estrenado el otoño.

Sin embargo, hay a quién el frío no perturba ni lo más mínimo las ganas de comerse la manzana y si el tiempo se pone feo, nos vamos de compras y así nos protegemos de las inclemencias y nos vestimos para impresionar a la vuelta a España.

Sí, una y otra vez, no se ni cuántas veces me he cruzado con turistas españoles ávidos de saber si los tan cacareados outlets de New Jersey de verdad merecen la pena (sigo sin saberlo porque no he estado y no pienso ir). Si no, no importa, ya quemarán la billetera que oportunidades no faltan para llenar la maleta de Levi's, bolsos y monederos falsificados de Chanel, Louis Vuitton, Prada..., calzoncillos Calvin Klein y zapatos y zapatillas de las que en en España 'cuestan un pastón' y con las que podremos presumir a la vuelta.

No se puede criticar a los americanos sobre sus hábitos de consumo cuando nos hemos convertido en el segundo país en aportación de turistas a la ciudad y no venimos aquí solo para ver el Metropolitan. La propia oficina turística de Nueva York ha instalado una sede en Madrid consciente de la moda de viajar a la ciudad que nunca duerme. Nos volvemos locos en Times Square, comemos hamburguesas, subimos al Empire State Building y sobre todo compramos, compramos y compramos para nosotros y para media familia, amigos y conocidos.

Me causa tristeza que una de las premisas con las que se aterriza en esta ciudad sea la de aprovechar el viaje especialmente para comprar marcas porque son más baratas que en España. No entiendo que para hacer eso y acabar llevándote a casa un montón de cosas que probablemente no necesitas, pagues un billete de avión y un hotel que fácilmente no baja de los 150 dólares la noche.

Supongo que el que todavía no ha venido a las américas a llenar su maleta extra de modelitos para luego lucir palmito en la oficina es un 'pringao' y no tiene mundo... Me reservo la opinión sobre lo que me parecen aquellos que sí, han venido y se llevan la imagen del Nueva York Disneyland volcado en aquellos que pican una y otra vez el anzuelo del consumo y el 'marquismo' y luego crítican en voz alta el sistema de vida americano.

miércoles, 29 de julio de 2009

Sobredosis de cafeína y borachera verde

Uno de los atractivos de Nueva York, como de toda gran ciudad que se precie es en ocasiones poderse escapar de ella. Si desde el JFK coges un avión y atraviesas el país dirigiéndote al oeste, en seis horas aterrizas en la ciudad que bien se tiene ganado el calificativo de gris si tenemos la mala costumbre de simplificar. Lo cierto es que Seattle de gris, mirando más allá de los colores, no tiene nada. Cuando llegas lo primero que debes hacer es atrasar tres horas tu reloj, y es que en este país donde todo es grande, la distancia sí, entre el este y el oeste, cubre un espacio que envuelven tres husos horarios.

Siendo como soy una chica de ciudad de repente estaba loca por descubrir esa cara noroeste del país a través de uno de sus enclaves más representativos. Una ciudad que huele a café y en la que me emborraché de los 'Lattes' con la mejor espuma que he probado en mi vida (lo digo aun a riesgo de sonar 'snob'). En Seattle los ecos de Starbucks, Amazon, Boeing, Microsoft y demás, han elevado un escalón los niveles de conocimiento colectivo de la ciudad más allá de estas fronteras. La gente va en bici, el transporte público es gratuito en el centro, todo está hecho mucho más a la medida de las personas y se respira un ritmo que nada tiene que ver con el frenetismo de Manhattan. El agua envuelve los límites habitables como quien se arremolina un pañuelo al cuello y ofrece una imagen fresca, elegante, suave y suntuosa. Desde diferentes puntos de una ciudad donde abundan las colinas, el skyline se muestra discreto, coqueto, poco presuntuoso. Sólo el Space Needle, construído con motivo de la exposición universal de 1962, araña el cielo de forma atrevida como si quisiera ser la competencia moderna a quién ha estado ahí desde siempre, el impresionante Mont Rainier, símbolo del otro Seattle, el Seattle verde del que luego hablaré.



Sólo en días en los que las nubes son benévolas y se toman el día libre dejando el cielo más o menos despejado, se intuye ese gran volcán cubierto de hielo, como un holograma, silencioso, rotundo, bello como lo son las grandes imágenes de la naturaleza, con un transfondo de misterio y respeto que asombra por su magnificencia pero que sabes que te helará el corazón si un día despierta de su silencio. Seattle está lleno de cultura, restaurantes con buena comida, un mercado, el Pike Place Market que a pesar de ser destino de masas te hace volverte loca con el colorido de las verduras, las flores y el pescado fresco además de otras delicatesen que visten este enclave de la ciudad con sabores, olores y colores que tiran por el suelo el mito del gris.


Más color lo encontramos en los barrios, Cober Hill, Ballard o Freemond son buenos ejemplos. Su seña de identidad particular se deja ver y sentir en los restaurantes, los comercios y cómo no, en el tipo de gente y su indumentaria tan alejada de los tacones de aguja del Midtown Manhattan o el Finacial District.


Pero sin duda, la guinda de Seattle no es roja, no, tampoco es gris, es verde y blanca, azul y marrón y la encontramos fuera de Seattle y dentro del estado de Washington. Son montañas espectaculares en el interior donde la nieve es perpetua en la cima, los bosques espesos y misteriosos como los de Twin Peaks y las flores salvajes, sencillas pero grandiosas en colores cuando tras el largo deshielo despuntan vistiendo las laderas con su frescura y la belleza de los paisajes de los calendarios que siempre nos inspiran paraisos lejanos. Luego está la costa, los perfiles de la tierra que encajan con las aguas del Pacífico en esta zona, son caprichosos. Amplias playas con puntas llenas de rocas y pequeñas islas que en diferentes condiciones meteorológicas parecen centinelas silenciosos, joyas mazizas de tierra emergiendo del mar coronadas por árboles cuyos perfiles a la caída del sol de la tarde, son tan precisos que casi parece que podrías recortar la línea del horizonte y llevártela de recuerdo en la mochila.



Eso, la mochila, es la parte menos divertida. Para ver uno de los lugares más impresionantes de mi vida caminé 7 millas o lo que es lo mismo , 10 kilómetros de subidas y bajadas pateando senderos en el interior del bosque. Los pies se hunden atravesando playas antes de que la marea suba para llegar la un lugar donde el tiempo sólo tiene sentido en relación al paisaje cambiante que marca la mañana, la tarde y la noche. Allí los sentidos se abren y el monedero se cierra y cada minuto es precioso por original e inmaculado. La sencillez de una naturaleza apenas tocada por el hombre es en estos días es un tesoro tan poco común que cuando estás allí casi no puedes creerlo. Todo esto está en Olimpic National Park, no tan conocido como Yosemite pero por ello incluso más valioso.




Estoy de vuelta a la civilización, a la humedad pegajosa y asfixiante del verano de Manhattan, a las masas de gentes con paso firme y ligero, a los turistas embobados con las luces de Times Square y a las tiendas llenas de cosas que tantas veces me recuerdan lo pobre que soy en esta ciudad en muchas maneras. Dos costas, dos mundos, una nueva experiencia. Seattle como un nuevo vértice de este país de contrastes que visto de nuevo desde la costa este, se me pinta como un lugar 'amigable', palabra obviamente influenciada por el inglés ('friedly') que poco a poco empieza a provocar que a veces mi español suene ciertamente raro.

martes, 21 de abril de 2009

La cara amable del Bronx

Bronx tiene muchas caras, aunque nos empeñemos en etiquetarlo como un lugar donde gentes de piel oscura y dudosa condición merodean por las calles con quién sabe qué intenciones ('gracias' Hollywood!). La realidad es que sí, por algunos barrios mejor no perderse con un mapa en la mano y cara de pasmado pero Bronx es enorme, y en esa enormidad encontramos lugares dignos de mención.

Sin duda una de las caras más amables por no decir deliciosas de Bronx, sobre todo en primavera, la representa su Jardín Botánico. Uno de los más importantes del mundo y en el que perderse resulta un placentero devenir del tiempo rodeados de pura belleza. Para muestra 'varios botones' en forma de imágenes. El olor y el canto de los pájaros no pueden reproducirse en este post pero perderse un día por sus senderos, visitar su invernadero o las salas de exposiciones temporales hacen que cuando vuelves a casa, tengas la sensación de haber desconectado por un tiempo que no tiene nada que ver con el del que marca el reloj. Parajes de ensueño todavía existen en esta ciudad donde el asfalto y los taxis amarillos imponen su ley. He aquí la prueba visual de tan rotunda afirmación.







jueves, 2 de abril de 2009

Coney Island entre tinieblas

Hoy estuve en Coney Island, o el esperpético retrato de la degradación de lo que un día fue un parque de atracciones junto a la playa y hoy no es más que un destartalado escenario donde algunos puestos todavía rezuman olor a grasa e individuos de dudosa condición pasean por el muelle. Para dar aún más dramatismo a la escena, una niebla intensa fue avanzando como un tsunami silencioso del interior del mar hasta el paseo, tragandose poco a poco los puestos de helados, los de perritos calientes y posteriormente su famosa noria y su desvencijada montaña rusa.

No se cómo es Coney Island en verano, pero cuesta creer que nada de todo aquello aún está funcionando, aunque detrás de las barras de los chiringuitos de turno, se ve a algún hispano cacharreando en la cocina. Las atracciones están paradas y tras un cartel que reza 'Hit the freak', no quedan hoy más que escombros y un espacio vacío entre un puesto de bebidas y otro de rancios souvenirs que supongo sobrevive a duras penas.

Una hora desde Manhattan en el lentísimo tren D para llegar a un lugar casi fantasmagórico hoy. De vuelta, en el vagón el traquetreo y el sol pegando en la ventaja junto a mi asiento, he adormecen y medio en sueños, casi siento como que todo ha sido una escena irreal, un sueño extraño, la escena de una película que escarba en las ruinas de un pasado 'glorioso' del que ya no queda más que el nombre.

martes, 13 de enero de 2009

Un café con dos tazas...

Yo diría que cuando en Manhattan hay quien pide un café y dos tazas para compartir, las cosas están peor que mal.

Enero ha aterrizado según lo esperado, implacable, duro, frío con una sensación de incertidumbre y miedo que hace temblar más que el gélido viento que se desliza por las avenidas de la ciudad de los sueños, hoy un poco más vacía por la falta de turistas.

En estos días la gente camina por las calles con la cabeza baja, mirando de reojo restaurantes que si no vacíos, representan una inusual estampa a la hora de comer o cenar. En una ciudad donde nadie cocina me pregunto si la sección de libros de recetas de las librerías está repuntado sus ventas. Parece que más de uno está aprendiendo a darle a la sartén para poder preparar la cena en casa tras el café con dos tazas que compartió un poco antes, en un intento de pretender que nada sucede y que aún se sale. En estos días se sale sí, pero apenas se gasta.

El paro está llegando en este país casi al 7%, cifra insólita donde las haya aunque en otras latitudes estemos acostumbrados incluso a números más hirientes. Los que tienen trabajo se agarran a él con uñas y dientes y como es costumbre, los de arriba, aprovechan para apretar tuercas a sabiendas que nadie va a decir ni pío con la que está cayendo.

Es enero en Nueva York, la crisis lacerante sigue afilando la cuchilla y mientras todo el mundo contiene la respiración y trata de sobrevivir a lo que se está viendo encima desde hace tiempo, nieva fuera. Es hora para una nueva película, bajada de internet claro, y un buen cuenco de palomitas.

lunes, 12 de enero de 2009

6 ene_09 / Madrid vs NY

Es seis de enero y creo que estoy sobrevolando Canadá, una inmensidad desde el cielo inhóspita y cubierta de nieve y hielo. Parecen adivinarse minúsculas agrupaciones de casas a lo lejos, cercanas a carreteras infinitas que se pierden en el horizonte.

Pronto un giro al sur-este y me aproximaré de nuevo a NY, donde la concentración alcanza su grado superlativo en la isla de Manhattan. Apartamentos en hileras ascendentes, tráfico y más tráfico arriba y abajo por las avenidas, sueños, decepciones, trabajo, empeño y gentes de todo el mundo compartiendo el reducido espacio de un vagón de metro y sus aspiraciones de conseguir tocar el cielo, no sin el esfuerzo imponderable de sobrevivir aquí, en el suelo. En ese asfalto duro acostumbrado al paso firme de casi todos los que por aquí caminan.

A todo esto regreso de España, de mi Madrid de sentimientos encontrados y escenarios que pertenecerán siempre a mi memoria a pesar de la distancia. Madrid lleno de críticos con el sistema americano y cada vez más atrapados por su promesa de la felicidad material, por la victoria de conseguir más metros cuadrados mudándose cada vez más a la afueras, atrapados por el inquietante devenir de conductores casi zombis los fines de semana hacia las grandes zonas comerciales.

Madrid también sigue siendo el jaleo, el bullicio en los bares, el gentío del centro, las barritas con tomate y las luces de Navidad. Madrid continúa siendo benévolo con el humo de los cigarrillos, tan molesto cuando vienes de lugares donde es suficiente con respirar el humo de los coches y los restaurantes y cafés te dan un respiro.

Madrid sigue siendo el barrio en que crecí, donde veo como muchos han prolongado su estancia estableciendo un compromiso de futuro. Un barrio salpicado de caras que ahora empujan carritos de niños hacia el piso que han comprado en algunos casos cerca de casa de los abuelos.

Madrid sigue siendo un lugar donde disfrutar de forma gratuita de un montón de arte, algo que adoro. Museos, fundaciones, galerías envolviendo la ciudad de múltiples opciones a coste cero. Algo que escasea por este lado del Atlántico.

Pero Madrid sigue siendo sin duda, por delante de todo lo demás, mi familia, que cada vez me llena los ojos de lágrimas con su generosidad, sencillez y amor incondicional, que no espera nada a cambio. Madrid son los amigos que aún no he conseguido hacer aquí, aquellos que un 26 de diciembre cancelaron compromisos para estar conmigo. Aquellos que vinieron de lejos y echaron una hora en aparcar en el centro, a los que dejaron a sus peques al cuidado de otros, a los que después de un largo viaje en tren encontraron una motivación para venir a sorprenderme, a todos los que rebuscaron en las fotos del pasado…

Gracias mil a todos por hacer posible una noche que los más ricos de Manhattan no tendrían dinero para pagar. Me siento más rica que todos ellos. Gracias también a los que no estuvieron allí ese viernes pero que siguen ahí y cómo no gracias a mi compañero de viajes, a mi compañero en la vida, a mi otro lado. Ese que con paciencia infinita soportó mis idas, mis venidas, mis no se cuántos compromisos diarios, las múltiples presentaciones…

Fueron unos días locos pero sin duda un auténtico placer. Me traigo mucho de allí para seguir tirando aquí. Gracias a todos por lo que me dais, a veces no se si lo merezco.

Besos y lo mejor para el 2009