sábado, 17 de abril de 2010

Escápate de una isla; piérdete en otra.

¿Qué hacer cuando una isla como Manhattan te supera?... Opción altamente recomendada: escápate a otra isla y dedica tu tiempo libre a comparar como un mismo término geográfico puede servir para definir extremos completamente opuestos.

Tres días en Block Island han sido uno de esos bálsamos casi imprescindibles para sobrevevir al ritmo de la ciudad. Cómo en toda gran urbe de repente encuentras que lo que fascina a turistas y recién llegados, es lo que quieres perder de vista aunque sea sólo por unos días. Así puse rumbo al norte de la excitante/extenuante Gran Manzana llegando al estado de Rhode Island (al parecer, el más pequeños de todo Estados Unidos). Desde allí, 55 minutos en ferry adentrándonos en el Océano Atlántico me separaban de mi otra isla. La isla donde las comparaciones se convirtieron en un juego de contrarios del que era imposible escapar (eso sí, he de reseñar, en temporada baja). Así cambié...

>> El autobús y el metro en hora punta por la bicicleta en serpenteantes carreteras y caminos donde ráramente te cruzabas con un coche.


>> El sonido de las ambulancias y de los coches de bomberos, por la intermitencia permanente que en la lejanía avisa a los barcos cuando están aproximándose a la costa.

>> El murmullo constante del tráfico nocturno, por un ensordecedor concierto de grillos y demás insectos colándose por la ventana y compitiendo con el vaivén del mar.

>> El perfil de una isla llena de rascacielos por casas aquí y allá salpicando laderas y asomándose al mar desde lo alto de los acantilados.



>> El paso siempre rápido de los incansables oficinistas por las calles de Midtown, por el ritmo sin reloj de los locales de una isla donde los "deadlines" son cosas de películas.

>> Cambié el sandwich delante del ordenador por una fuente de mejillones frescos, mermelada de tomate casera y cerveza elaborada con clavo y canela.

>> Cambié el ritmo frenético de la gran ciudad por el paso pausado y delicioso de otras formas de vivir.

¿Quién se atreve a juzgar quién vive mejor? ¿Podría alguien acostumbrado a la Gran Manzana o a cualquier otra gran ciudad, vivir un año entero en una pequeña isla en el Atlántico? ¿Y viceversa?

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sábado, 3 de abril de 2010

`Noodles´ con sabor a tristeza

13.00 horas de un domingo cualquiera en Manhattan. Para ser más preciso, primer domingo después del largo invierno en el que la ciudad huele a primavera. Upper West Side, 58 grados y grupos de jóvenes hambrientos de ‘brunch’ y de exhibicionismo se arremolinan a las puertas de restaurantes en los que para conseguir una mesa, hay que hacer cola. A nadie le molesta, el sol lo pinta todo de color de rosa.

Entro con mi pareja en un restaurante tailandés que dejó en mi recuerdo y en mi paladar sensaciones de tal deleite que casi estoy dispuesta cruzar el Hudson a nado sólo para dejarme sorprender por el siempre espectacular ‘Today´s special’ (Especial del día).

Esta vez mi comida fue sin embargo agridulce. Nada tuvo que ver con los exóticos sabores asiáticos, sino con los ojos de una niña de unos 10 años que desde unas mesas más allá, me miraba de reojo sobre la montura de sus gafas de pasta azul, ligeramente caídas, en un gesto de triste solidaridad con el ángulo cabizbajo y apesadumbrado de su cabeza.

Frente a ella, una señora a la que supuse su madre, con manicura y peluquería impecables, manejaba con igual destreza los palillos del plato que el teclado del ordenador portátil que sostenía sobre sus rodillas como un complemento más de su indumentaria. Ligeramente ladeada en su silla y con los auriculares conectados al ordenador, yo me preguntaba en qué momento olvidó la presencia de su hija en la silla de enfrente.

Con un auricular en cada oído, los dedos volando por el teclado y la mirada completamente absorta en la pantalla, los minutos pasaban y mientras yo disfrutaba de mi especial tanto como del placer de poder compartir ese momento con alguien, los ojos de la pequeña revoloteaban de mesa en mesa en silencio, con la mirada lánguida mientras enrollaba con el tenedor los ‘noodles’ más tristes que alguien pueda comer: los que se comparten con alguien sentado en tu misma mesa y que comparte a su vez su plato con la adicción a la tecnología, la adicción al trabajo o ambas al mismo tiempo. En definitiva, una forma de comportamiento humano adulto que no entiendo y que me llenó de tristeza.

¿Dónde quedó en esa mesa el tiempo para saborear de la comida? ¿Y el tiempo para conversar con su hija? ¿Y el tiempo para disfrutar de una radiante mañana de domingo?. Supongo que se quedó disperso entre las teclas del ordenador o volatilizado en las ondas hercianas del espacio virtual.

Unas horas más tarde en una librería captó mi atención el título de un de un autor llamado Jaron Lanier: ‘You are not a gadget’ (‘No eres una máquina’) y su frase gancho para la reflexión: “What happens when we stops shapping technology and technology stars shaping us?” (¿Qué pasa cuando dejamos de manejar a la tecnología y la tecnología comienza a manejarnos a nosotros?). Esta historia no sería más que una de las respuestas…

Más allá de Georgia O’Keeffe

Aquella tarde, quedó demostrado una vez más como cuando alguien desarrolla su trabajo con pasión, el resultado va más allá de la mera productividad.

Sus zapatos estaban desgastados y su aspecto un poco desaliñado. Obviamente muchas más cosas ocupaban la cabeza de aquel señor en sus cincuenta y tantos, que la impecable apariencia de su imagen. Aquel día me costó trabajo salir de casa. Con unos cuantos grados bajo cero resultaba más fácil quedarse en el sofá viendo una película. Sin embargo, no quería perderme la exposición de Georgia O’Keeffe en el Whitney Museum y decidí que de ese día no pasaba.

Ya dentro del edificio, la casualidad hizo que al salir del ascensor escuchara la voz de aquel guía del museo anunciando que en 5 minutos iniciaría un tour gratuito de la exposición. Lo que aconteció a partir de ese momento fue todo un deleite para ojos, oídos y mente. La experiencia aquella tarde nunca hubiera sido igual sin la extraordinaria historia que cuadro a cuadro, fue construyendo en nuestras cabezas un mapa mental detallado del porqué de todo aquello que se presentaba ante nuestros ojos. Tras los colores, las formas, las intenciones insinuadas detrás de las pinceladas, se fue desplegando como magia, toda la historia de Georgia O’Keeffe en sus diferentes etapas artísticas y personales.

Al finalizar, el guía probablemente no le dio mayor importancia a su aportación. Sin embargo yo conocí y disfruté de la obra de una artista de la mano de otro artista. La grandeza de este guía no se colgará en las paredes de ningún museo, sin embargo, su entregado y contagioso entusiasmo quedará en mi mente tan presenten como las voluptuosas formas y colores de esas flores que Georgia O’Keeffe se empeñó en su momento en mostrar a Nueva York, para acercar hasta el gris de la ciudad, la belleza del mundo más allá del asfalto.