Aquella tarde, quedó demostrado una vez más como cuando alguien desarrolla su trabajo con pasión, el resultado va más allá de la mera productividad.
Sus zapatos estaban desgastados y su aspecto un poco desaliñado. Obviamente muchas más cosas ocupaban la cabeza de aquel señor en sus cincuenta y tantos, que la impecable apariencia de su imagen. Aquel día me costó trabajo salir de casa. Con unos cuantos grados bajo cero resultaba más fácil quedarse en el sofá viendo una película. Sin embargo, no quería perderme la exposición de Georgia O’Keeffe en el Whitney Museum y decidí que de ese día no pasaba.
Ya dentro del edificio, la casualidad hizo que al salir del ascensor escuchara la voz de aquel guía del museo anunciando que en 5 minutos iniciaría un tour gratuito de la exposición. Lo que aconteció a partir de ese momento fue todo un deleite para ojos, oídos y mente. La experiencia aquella tarde nunca hubiera sido igual sin la extraordinaria historia que cuadro a cuadro, fue construyendo en nuestras cabezas un mapa mental detallado del porqué de todo aquello que se presentaba ante nuestros ojos. Tras los colores, las formas, las intenciones insinuadas detrás de las pinceladas, se fue desplegando como magia, toda la historia de Georgia O’Keeffe en sus diferentes etapas artísticas y personales.
Al finalizar, el guía probablemente no le dio mayor importancia a su aportación. Sin embargo yo conocí y disfruté de la obra de una artista de la mano de otro artista. La grandeza de este guía no se colgará en las paredes de ningún museo, sin embargo, su entregado y contagioso entusiasmo quedará en mi mente tan presenten como las voluptuosas formas y colores de esas flores que Georgia O’Keeffe se empeñó en su momento en mostrar a Nueva York, para acercar hasta el gris de la ciudad, la belleza del mundo más allá del asfalto.
sábado, 3 de abril de 2010
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