
El camioncito blanco se aproxima y alzo la mano. El chico para, gira y se agacha en el asiento para estirar el brazo derecho y traer hacia sí una palanca que permite que la puerta del autobús, se abra manualmente. Subo y antes de alcanzar el tercer escalón, un buen acelerón me recuerda que debo andar con cuidado. Bienvenido al autobús de los intrépidos. Te llevan rápido, rápido a Manhattan… de lo que pueda pasar por el camino, nadie te advierte. Pero sólo un viaje de ida y te quedará muy claro que esta vez no te tocó y que quién sabe a quién le tocará salir en las noticias locales diciendo ‘Si es que conducen como lunáticos y los autobuses son tercermundistas. Esto se veía venir’
Esta vez tengo suerte y encuentro asiento a duras penas mientras que el conductor, que habla por su móvil un idioma incomprensible de algún país de Oriente Medio o vete tú a saber, toma la curva cual Fernando Alonso eso sí, con un cacharro que no se de qué chatarrería han rescatado pero que en su día se debió hacer de oro cuando compraron toda la flota (cada uno es diferente y a cual más antiguo). Los asientos están en su mayoría desvencijados, han perdido los reposabrazos, están recosidos porque sus fundas están rajadas además de desgastadas. A los que van estando peor, tienen la delicadeza de cambiarles la tapicería y entonces te encuentras sentado en uno con una tela de floripondios espantosa acorde con el entorno. Por supuesto el aviso de parada aquí no existe, cuando quieres bajar gritas ‘Next stop, please!!!! Mejor antes que después o te arriesgas a un frenazo en seco y a dejar tus dientes para la posteridad en el salpicadero.
Antes de llegar al túnel que cruza el río, una nueva parada y dos chicas latinas suben con tres bolsas gigantescas de basura llenas de algo que parece ropa, almohadas, mantas… A duras penas consiguen acoplar las bolsas entre el conductor (que ahora tiene un motivo más de distracción, qué maravilla!) y la puerta. Ellas dando zancadas con sus saldalias de tacón y chancla consiguen llegar al pasillo y tomar asiento despreocupándose por completo de los bultos sospechosos que el conductor ahora va vigilando como si luego le fueran a dar propina por ello. Así en cada curva, suelta una mano del volante y sujeta las bolsas.
Nadie habla (salvo por el móvil claro). El túnel tiene cobertura y así, ya que los cristales de tan modernos cacharros van tintados (aunque sólo a trozos) pero no hay luces dentro para poder continuar leyendo tu libro, el cotorreo de repente se generaliza. Una sinfonía de inglés y español mientras avanzamos por el túnel hasta salir al otro lado donde el tráfico, como casi siempre es infernal.
Los pibotes naranjas delimitando dos carriles no son problema para nuestro amigo conductor que cuando ve el panorama, mete un volantazo a la izquierda y avanza a toda velocidad durante unos metros hasta dar la curva en la que, no se sabe como, vuelve a colocarse como un buen chico en un carril reglamentario. En todo esto, la gente está intentando salir. No hay paradas hasta la del final, un poco más arriba de la calle, pero si el tráfico o un semáforo hacen que no se pueda avanzar, de inmediato la gente se aproxima a la puerta sin sobrepasar la línea blanca del pasillo justo detrás del conductor (no, eso no por Dios!) y este, a un a riesgo de cualquier desgracia o peor, una demanda millonaria, agarra los dos dólares cincuenta y abre la puerta. Otro quiere bajar detrás pero upps… demasiado tarde, el tráfico avanza así que le pega literalmente con la puerta en las narices y como un mal colchón al que le rechinan todos los muelles, la camioneta va pillando baches y chirriando en solidaridad con los miles de ruidos de la ciudad. Llegada al destino. La gente hace cola para pagar religiosamente su trayecto y, saltando cada uno por encima de las bolsas, bajan muy civilizadamente del autobús sin decir ni pío.
En esa costumbre tan americana de ser corteses, todo el mundo paga y dice ‘Thank you’. Y yo me pregunto 'Thank you ¿por qué?', supongo que porque esta vez, como cada vez, además de ser una formalidad, hemos tenido la suerte de no tener que lamentar males mayores.