domingo, 29 de junio de 2008

Nueva York... tropical



En ocasiones no se si estoy en Nueva York o en algún país del trópico. La humedad y el bochorno en algunos días de verano se hace insoportable y en un intento de despojarse de ese denso abrigo pegajoso que es el aire de la ciudad, surgen de la nada iracundas tormentas. Lluvia que en sólo unos minutos chorrea por los canalones de las casas, empapa los toldos de las tiendas, resbala infinita por las avenidas, pilla de imprevisto a los mexicanos con sus bicicletas sorteando el tráfico para llevar comida a domicilio aquí y allá.



Ruge el cielo, de repente el viento sopla y el vaivén de la lluvia pelea contra sí misma en remolinos de agua que parecen bailarines que quieran ocupar la ciudad desde el cielo. La gente se refugia dónde puede y algunas tiendas echan el día vendiendo paraguas a tres dólares. Aunque cuando aquí llueve, de forma tan imponente, altanera, poderosa... ni el más grande de los paraguas nos libra de calarnos hasta las rodillas.



Las aceras se convierten después en un ir y venir de almas despeinadas, saldalias encharcadas y camisas húmedas de goterones pegajosos. Se camina entre charcos. Los taxis-bicicleta comienzan a aparecer de nuevo sacudiéndose la ira del caprichoso cielo y vuelven a reclamar la atención de los clientes con sus silbatos. Y si en esta ciudad no se descuida ni una sóla oportunidad para hacer marketing, algunos reaparecen en la escena multicolor de Manhattan con finos chubasqueros amarillos salpicados del logotipo en rojo de una cadena de comida rápida. Aquí 'al mal tiempo, buen ingenio'.

Al poco, y como cada vez después de la tormenta, que dura un tiempo y después desaparece para quizás reaparecer con más fuerza en una o dos horas, el fragor de la lluvia queda relevado por las sirenas de los bomberos. Sirenas tan poderosas como el agua previa, exhibiendo el poderío del grupo de profesionales más venerados en la ciudad desde el 11S.

Poco a poco todo se recompone y la ciudad continúa sin mirar atrás. Aquí no se mira atrás, ni se piensa en las nubes, se calza uno los zapatos y sigue firme el paso a su destino, antes de que el cielo se enfade de nuevo y en su gesto contrariado nos vuelva a obligar a cobijarno bajo el adamio de algún edificio en obras, o a permanecer dentro de alguna tienda o restaurante, más tiempo del que teníamos previsto.

martes, 17 de junio de 2008

Oscuros mutantes ocupan la ciudad

Si alguien ha estado en Nueva York, sabe que el glamour de las películas se transforma al caer la tarde cuando organismos biodegradables van poblando las calles y avenidas, cual mutantes silenciosos tomando la ciudad. Son negros, gigantes, desparramados por su propio peso. Estos inertes, herméticos y oscuros habitantes, se apilan unos contra otros formando ficticias trincheras urbanas al pie de las aceras. Sigilosos e impasibles, se van reproduciendo por el tablero de Manhattan cual elementos de videojuego que tratarán de eliminar del mapa durante la noche, un ejército de vengadores contra el desperdicio.

Manhattan es la isla que nunca duerme. La actividad es frenética en las calles o en el interior de los edificios. Cuando esta insaciable generadora de energías al caer la noche acaba de hacer la digestión, escupe discretamente todo aquello que no tiene nada que ver con limusinas ni cócteles, con bolsos de Prada o galerías de arte. Entonces es cuando los mutantes comienzan a reproducirse y, la ciudad mira para otro lado mientras su inmundicia, descansa al pie del portal, delante de las tiendas, los supermercados, incluso de las iglesias o al borde de las aceras frente a los casi 20.000 restaurantes de la ciudad. En algunos los clientes ‘disfrutan’ de la cena a pocos metros sentados en la terraza en las noches de verano, desafiando toda regla de la sensatez humana, que prefiere dejarse ver, aunque sea junto a la basura.

Basura sí, pero basura rigurosamente clasificada por ley con los más legítimos fines medioambientales. Unos fines tan lícitos e idealistas como los sueños de los muchos que viven aquí. Sin embargo, sobre todo al calor de las jornadas veraniegas por mucho fin altruista, impuesto u origen noble que tenga, la basura apesta.

Casi diez mil toneladas de desechos diarios genera esta gran manzana, cada año más poblada de sueños, de grúas que aprovechan el límite casi infinito del cielo para generar sustanciosos ingresos inmobiliarios, más poblada de turistas, de coches, de ‘wanna be’, de inmigrantes ilegales y de los ricos del mundo. Más poblada en definitiva de basura a la caída de la tarde, sigilosamente trasladada durante la noche a otros estados. Por la mañana la ciudad, recupera su cara más limpia y fresca en el inicio de otra jornada. Al finalizar el día, de nuevo la misma estampa que tira por los suelos no sólo aquello que nos sobra a diario. Queda por el suelo la imagen de ciudad de sueño que a menudo tenemos antes de llegar aquí.


jueves, 12 de junio de 2008

Shoes and the city

En Nueva York te puedes subir a un rascacielos o a unos zapatos. En las señas de identidad de la ciudad caben el Empire State Building, el edificio Chrysler o el Roquefeller Center. Pero junto a ellos, también la devoción desmedida por el calzado. Especialmente aquellos objetos de deseo que desafiando la ley de la gravedad, transforman a una mujer como otra cualquiera, en una auténtica diva de la ciudad.

Mirar al suelo es como asistir a una exposición de obras de arte hechas a la medida de los pies de las japonesas, siempre destilando un aire de elegancia sostenida en tacones de primeras marcas. Las americanas guardan un secreto, en sus grandes bolsos esconden un par de chanclas para cuando ya no es imprescindible lucir el palmito. Son más prácticas. Las europeas en cambio, más discretas con la altura de sus tacones, no dejan su paso indiferente completando la moda de sus pies con ese exquisito gusto en el vestir tan apreciado por estas latitudes.

La realidad es que no importa de dónde seas, después de un tiempo, las féminas de esta ciudad desarrollan una capacidad casi genética de adaptarse al entorno creando una alianza zapato & asfalto cercana a la perfección. Pueden caminar con la firmeza de un soldado sobre vertiginosos tacones de aguja por calles y avenidas sin mostrar el más mínimo destello de dolor de pies o de espalda. Son mis auténticas heroínas. Yo debí llegar a esta ciudad sin duda con un defecto genético, pero me encanta observar esas obras de arte en movimiento o bien las que descansan expuestas cual piezas de museo, en los escaparates de la Quinta Avenida.

Al negocio del calzado, se une el de los miles de locales repartidos por toda la ciudad donde además de hacerte una perfecta manicura de manos, pueden dejan tus pies listos para correr una maratón sobre tacones si hace falta. Y es que sería definitivamente ofensivo calzar unos zapatos de cientos, o incluso miles de dólares con las uñas o los talones descuidados. Así, en un ritual cercano a la ceremonia del té, el sagrado tiempo dedicado para lucir unos pies perfectos es el tiempo que a pesar de escasear en las ajetreadas vidas de las neoyorkinas, siempre tendrá un hueco en sus apretadas agendas.

domingo, 8 de junio de 2008

El Mercado de los Granjeros


Las obras han desplazado muchos de los puestos del Mercado de los Granjeros al lateral oeste de Union Square, junto a los habituales tenderetes con toda variedad de chapas pro Hilllary / Obama, camisetas, fotos, o salpimenteros con forma de fantasma. Así, según avanzamos al sur, nos encontramos inmersos en una ecléctica variedad que desvía la atención de los quesos de cabra, a extrañas formas de arte sobre insólitos soportes. De los pasteles de manzana caseros, a una serie de fotos en blanco y negro del Balet Nacional de Cuba a finales de los 70. De manojos de rábanos frescos a láminas de pinturas japonesas en miniatura.

Flores, plantas, frutas y verduras, quesos, mermeladas, huevos, panes cocidos en horno de leña… El esfuerzo que hace el bolsillo por mantener el cuerpo lejos de conservantes, colorantes, pesticidas y otras barbaridades nutritivas, se traduce aquí en un ir y venir de lo más ‘selecto’ de Manhattan 4 días por semana.




Un anciano sentado en una silla que le obliga a estar casi en cuclillas pela patatas y zanahorias como poseído proclamando que la herramienta es de Suiza, no de China y que en Suiza no podrías comprar nada por 5 dólares. Corea las bondades del pelapatatas mientras muestra con orgullo el artículo que un día le dedicó el Vanity Fair titulado ‘A slice of the street action’.


Las caras de los que estás detrás de los puestos tienen ese destello bonachón que da la tranquilidad del campo. Una incursión 4 días por semana a la ciudad para regalar a los que siempre están luchando contra el reloj bocados orgánicos de frutas y verduras frescas, bollería casera y deliciosa o una planta de tomillo o romero que puedes cultivar en tu propio apartamento de reducidos metros cuadrados por si alguna vez, te da por coger una sartén en la ciudad donde casi nadie cocina.

Un poco más adelante me dejo llevar por el aroma de las fresas. Pequeñas y no muy vistosas pero con un olor que quisieras retener para siempre en tu pituitaria, especialmente cuando comienza el calor y Manhattan pierde mucho de su glamour cinematográfico impregnada por los olores de la basura y el agua estancada a pie de las aceras... Sí, eso también es Manhattan. Pero aquí y ahora, olor a fresas y a zumos naturales. Un lujo en mitad de la cultura del plástico y los embases de diseño.

El ambiente es tan relajado, primaveral y placentero que casi tengo la sensación de estar en una de esas pacíficas plazas de algún país centro-europeo donde el ritmo, por mucho que quiera acelerarse, es otro. Aquí, en un rato, después de las 5 o las 6 de la tarde, los puestos comenzarán a desaparecer. La gente saldrá de las oficinas e irá ocupando los bares y terrazas cercanas para aprovecharse de la ‘Happy Hour’ antes de volver a casa y quizás esta vez, cenar espinacas rehogadas con un poco de pan de leña y queso de cabra.

jueves, 5 de junio de 2008

De New Jersey a Manhattan


El camioncito blanco se aproxima y alzo la mano. El chico para, gira y se agacha en el asiento para estirar el brazo derecho y traer hacia sí una palanca que permite que la puerta del autobús, se abra manualmente. Subo y antes de alcanzar el tercer escalón, un buen acelerón me recuerda que debo andar con cuidado. Bienvenido al autobús de los intrépidos. Te llevan rápido, rápido a Manhattan… de lo que pueda pasar por el camino, nadie te advierte. Pero sólo un viaje de ida y te quedará muy claro que esta vez no te tocó y que quién sabe a quién le tocará salir en las noticias locales diciendo ‘Si es que conducen como lunáticos y los autobuses son tercermundistas. Esto se veía venir’

Esta vez tengo suerte y encuentro asiento a duras penas mientras que el conductor, que habla por su móvil un idioma incomprensible de algún país de Oriente Medio o vete tú a saber, toma la curva cual Fernando Alonso eso sí, con un cacharro que no se de qué chatarrería han rescatado pero que en su día se debió hacer de oro cuando compraron toda la flota (cada uno es diferente y a cual más antiguo). Los asientos están en su mayoría desvencijados, han perdido los reposabrazos, están recosidos porque sus fundas están rajadas además de desgastadas. A los que van estando peor, tienen la delicadeza de cambiarles la tapicería y entonces te encuentras sentado en uno con una tela de floripondios espantosa acorde con el entorno. Por supuesto el aviso de parada aquí no existe, cuando quieres bajar gritas ‘Next stop, please!!!! Mejor antes que después o te arriesgas a un frenazo en seco y a dejar tus dientes para la posteridad en el salpicadero.

Antes de llegar al túnel que cruza el río, una nueva parada y dos chicas latinas suben con tres bolsas gigantescas de basura llenas de algo que parece ropa, almohadas, mantas… A duras penas consiguen acoplar las bolsas entre el conductor (que ahora tiene un motivo más de distracción, qué maravilla!) y la puerta. Ellas dando zancadas con sus saldalias de tacón y chancla consiguen llegar al pasillo y tomar asiento despreocupándose por completo de los bultos sospechosos que el conductor ahora va vigilando como si luego le fueran a dar propina por ello. Así en cada curva, suelta una mano del volante y sujeta las bolsas.

Nadie habla (salvo por el móvil claro). El túnel tiene cobertura y así, ya que los cristales de tan modernos cacharros van tintados (aunque sólo a trozos) pero no hay luces dentro para poder continuar leyendo tu libro, el cotorreo de repente se generaliza. Una sinfonía de inglés y español mientras avanzamos por el túnel hasta salir al otro lado donde el tráfico, como casi siempre es infernal.

Los pibotes naranjas delimitando dos carriles no son problema para nuestro amigo conductor que cuando ve el panorama, mete un volantazo a la izquierda y avanza a toda velocidad durante unos metros hasta dar la curva en la que, no se sabe como, vuelve a colocarse como un buen chico en un carril reglamentario. En todo esto, la gente está intentando salir. No hay paradas hasta la del final, un poco más arriba de la calle, pero si el tráfico o un semáforo hacen que no se pueda avanzar, de inmediato la gente se aproxima a la puerta sin sobrepasar la línea blanca del pasillo justo detrás del conductor (no, eso no por Dios!) y este, a un a riesgo de cualquier desgracia o peor, una demanda millonaria, agarra los dos dólares cincuenta y abre la puerta. Otro quiere bajar detrás pero upps… demasiado tarde, el tráfico avanza así que le pega literalmente con la puerta en las narices y como un mal colchón al que le rechinan todos los muelles, la camioneta va pillando baches y chirriando en solidaridad con los miles de ruidos de la ciudad.
Llegada al destino. La gente hace cola para pagar religiosamente su trayecto y, saltando cada uno por encima de las bolsas, bajan muy civilizadamente del autobús sin decir ni pío.

En esa costumbre tan americana de ser corteses, todo el mundo paga y dice ‘Thank you’. Y yo me pregunto 'Thank you ¿por qué?', supongo que porque esta vez, como cada vez, además de ser una formalidad, hemos tenido la suerte de no tener que lamentar males mayores.

miércoles, 4 de junio de 2008

De oasis y patrocinios

Subo el volumen de mi i-pod con la esperanza de ahogar los ruidos de la ciudad que no cesan sólo a unos pasos. He llegado hasta Bryan Park, un coqueto oasis verde abrazado por grandes y modernas torres de oficinas y unos cuantos señoriales edificios que nos regalan su oscura e irresistible belleza, como la fachada del Bryan Park Hotel. Cerrando el parque por el lado este, la Biblioteca Pública de Nueva York, a cuyos pies cada tarde hacen cola los aspirantes a ver y ser vistos en la terraza del glamour, donde cóckteles y tacones dibujan como en un cuadro puntillista, la estampa bulliciosa del bar de moda del momento.

Sin escatimar en medios, el parque ha sido sembrado con cientos de sillas y mesas que se reparten en los paseos laterales y en toda la explanada cuadrada de césped del interior. Aquí puedes descalzar tus pies y también tu imaginación. Es el lugar perfecto para perderse dentro de un libro o simplemente estar.

Muchos están y están solos, o mejor, acompañados por el mejor amigo del hombre moderno: el teléfono móvil de última generación. Muchos leen o divagan con la mirada perdida dando sorbos al café helado que compraron en el quiosco de la esquina o en algún Starbucks cercano. Otros están tumbados, recogiendo los últimos rayos de sol que pueden robarle al día después de abandonar la oficina. Hay quién muerde una manzana y quien apura las patatas fritas de su menú McDonnals mientras cotorrea y se ajusta sus gafas de sol inmensas. Tan inmensas como seguro son sus ganas de comerse la ciudad, de alcanzar sus metas, siempre elevadas a los veintitantos en una ciudad tan llena de oportunidades.

Junto a la calle 42 se ha abierto un área para el fomento de la lectura. Aquí sólo están permitidos libros y revistas. Prohibido fumar, comer, hablar por el móvil o las animadas charlas en grupo. Sólo la distensión que provoca la lectura está permitida en un espacio llamado ‘Reading Room’. Una habitación sin paredes pero con patrocinio. En las alas de las sombrillas sobre las apacibles mesas, ondean las siglas del banco HSBC.

Y es que aquí casi nada es porque sí, salvo que por que sí, cierro mi cuaderno y me dirijo a coger el autobús frente a Port Authority. Una buena excusa para otro relato, esta vez no exento de riesgo, a bordo de autobuses tercermundistas conducidos por camicaces legales. Hasta que algún día haya algo que lamentar, una cola de gente de vuelta a casa, cuenta los minutos que faltan para poder alcanzar la tranquilidad al otro lado del río.

lunes, 2 de junio de 2008

It's better to dance!


It's better dance! retumba la letra de una nueva canción. Tres palabras para alcanzar el éxtasis sobre patines. Ella, exhausta y sudorosa, casi en trance, encuentra de nuevo la energía para corear el estribillo levantando los brazos mientras entorna una sonrisa enorme, amplificada por el contraste entre su blanca dentadura y su piel, oscura y brillante con la luz de la caída de la tarde. La música redime de cualquier tensión y prepara mentalmente para comenzar la semana.

La chica negra de mediana edad, con camiseta verde y mallas oscuras, gafas de sol y energía para dar y tomar, es sólo un componente del grupo de patinadores que cada domingo aterriza en Central Park junto a Sheep Medow y se queda allí bailando sobre sus cuatro ruedas, girando y girando en la pista cual sufí moderno en la metrópoli de la locura. Una japonesa que recuerda a la Yoko Ono de otros tiempos, mucha gente de color, algunos latinos y unas cuantas pieles pálidas con cabellos rubios recogidos con pañuelos de colores o coletas despeinadas. Aquí el color de la piel o la edad no importan, sólo importa mover los pies hasta que el cuerpo aguante.

Los paseantes se paran y quedan embobados durante un buen rato, tomando fotos, asimilando el variopinto espectáculo. Mientras, sin querer, sus pies han comenzado a moverse. Algunos se unen al grupo, con o sin patines. Y es que todos quieren contagiarse del buen humor que se respira al otro lado del perímetro acordonado de la pista.

Mientras que observo pienso quién hay detrás de cada una de esas personas. Algunos casi seguro perdieron hace tiempo la cabeza, cosa nada extraña en esta ciudad. Otros se toman muy en serio la coreografía que practican con su compañera o compañero de patines y detrás de algún otro, imagino serios hombres de negocios, con una vida recta y adicta al trabajo, respetables mandos intermendios o altos cargos que llegan hasta aquí, se plantan un pañuelo de pirata en la cabeza, se colocan unas mallas ajenos a cualquier tipo de pudor, la primera camiseta que pillan y ala! a dejarse llevar por el ritmo despiadado de la música hasta caer exhaustos. Sin reparos, sin inhibición, sin recato de ningún tipo. Cuatro ruedas, muchos decibelios y un montón de gente actuando de forma arrebatadoramente natural. Cada uno es lo que siente en ese momento, sin importar quién deberá ser mañana, en la oficina, en el banco, en la mesa de reunión...

It's better to dance? No lo se, supongo que a veces es una buena alternativa. No se si alguna canción proclama con tanto entusiasmo algo como 'It's better to think!' pero es posible que esta opción no consiga con tanta facilidad dibujar las caras de satisfacción que se ven cada domingo en Central Park, allá donde la música se convierte en el espíritu redentor de algunos de los habitantes de esta ciudad.

domingo, 1 de junio de 2008

La Gran Tentación

Eva llegó al paraíso, y la tentación en forma de manzana la hizo pecar sin remedio. Hasta NYC, llegan a diario ingentes masas de turistas, sobre todo europeos desde que el euro se pavonea sin pudor ante la debilidad del dólar en su propia casa. Qué descaro, pero qué bendición para los comerciantes de la ciudad que ven en esta debilidad una oportunidad como nunca de hacer caja.

Hoy la tentación tiene forma de zapatos, de ropa de firma en la Quinta Avenida y Madison Avenue, de bolsos, carteras y relojes de imitación en la frontera entre Chinatown y Soho. La tentación riza el rizo cuando una marca cuyo logo es, (¿casualidad?), una manzana con mordisco incluido, se ha colado en las orejas de medio mundo y raro es quien llega hasta aquí y no vuelve con uno de esos chismes en su bolso de mano. Un pequeño objeto de deseo que marca el ritmo de la ciudad y casi del mundo entero.

En Nueva York se compra, pero además se come, se degustan sabores de cualquier rincón del mundo, en cualquier parte, a cualquier hora y se sueña con emular a las protagonistas de ‘Sex in the City’ tomando un cosmopólitan en alguno de los locales de moda. En la ciudad que nunca duerme, los estímulos nunca paran y la cartera nunca descansa. El deseo inocente, orgánico, bajo en calorías de la manzana de Eva en el paraíso, parece tan insignificante hoy como el pasado glorioso del dólar.

Me muevo con sigilo por esta otra Gran Manzana, algunos días entusiasmada y otras exhausta ante tanto reclamo, pero siempre registrando estampas. Estampas urbanas que paladeo con las manos, saboreo con el olfato y acaricio con los ojos. Los sentidos se aturullan a veces en esta maraña de tentaciones, sueños y locura. Desde la tribuna sin pretensiones de un observador en mitad de la jungla, voy recogiendo recortes que hilvanaré con palabras para componer mi caleidoscopio personal de la ciudad que nunca duerme. Bienvenidos al ‘paraíso’, a la Gran Manzana. Bienvenidos a NYC: la Gran Tentación.