domingo, 8 de junio de 2008

El Mercado de los Granjeros


Las obras han desplazado muchos de los puestos del Mercado de los Granjeros al lateral oeste de Union Square, junto a los habituales tenderetes con toda variedad de chapas pro Hilllary / Obama, camisetas, fotos, o salpimenteros con forma de fantasma. Así, según avanzamos al sur, nos encontramos inmersos en una ecléctica variedad que desvía la atención de los quesos de cabra, a extrañas formas de arte sobre insólitos soportes. De los pasteles de manzana caseros, a una serie de fotos en blanco y negro del Balet Nacional de Cuba a finales de los 70. De manojos de rábanos frescos a láminas de pinturas japonesas en miniatura.

Flores, plantas, frutas y verduras, quesos, mermeladas, huevos, panes cocidos en horno de leña… El esfuerzo que hace el bolsillo por mantener el cuerpo lejos de conservantes, colorantes, pesticidas y otras barbaridades nutritivas, se traduce aquí en un ir y venir de lo más ‘selecto’ de Manhattan 4 días por semana.




Un anciano sentado en una silla que le obliga a estar casi en cuclillas pela patatas y zanahorias como poseído proclamando que la herramienta es de Suiza, no de China y que en Suiza no podrías comprar nada por 5 dólares. Corea las bondades del pelapatatas mientras muestra con orgullo el artículo que un día le dedicó el Vanity Fair titulado ‘A slice of the street action’.


Las caras de los que estás detrás de los puestos tienen ese destello bonachón que da la tranquilidad del campo. Una incursión 4 días por semana a la ciudad para regalar a los que siempre están luchando contra el reloj bocados orgánicos de frutas y verduras frescas, bollería casera y deliciosa o una planta de tomillo o romero que puedes cultivar en tu propio apartamento de reducidos metros cuadrados por si alguna vez, te da por coger una sartén en la ciudad donde casi nadie cocina.

Un poco más adelante me dejo llevar por el aroma de las fresas. Pequeñas y no muy vistosas pero con un olor que quisieras retener para siempre en tu pituitaria, especialmente cuando comienza el calor y Manhattan pierde mucho de su glamour cinematográfico impregnada por los olores de la basura y el agua estancada a pie de las aceras... Sí, eso también es Manhattan. Pero aquí y ahora, olor a fresas y a zumos naturales. Un lujo en mitad de la cultura del plástico y los embases de diseño.

El ambiente es tan relajado, primaveral y placentero que casi tengo la sensación de estar en una de esas pacíficas plazas de algún país centro-europeo donde el ritmo, por mucho que quiera acelerarse, es otro. Aquí, en un rato, después de las 5 o las 6 de la tarde, los puestos comenzarán a desaparecer. La gente saldrá de las oficinas e irá ocupando los bares y terrazas cercanas para aprovecharse de la ‘Happy Hour’ antes de volver a casa y quizás esta vez, cenar espinacas rehogadas con un poco de pan de leña y queso de cabra.

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