Ruge el cielo, de repente el viento sopla y el vaivén de la lluvia pelea contra sí misma en remolinos de agua que parecen bailarines que quieran ocupar la ciudad desde el cielo. La gente se refugia dónde puede y algunas tiendas echan el día vendiendo paraguas a tres dólares. Aunque cuando aquí llueve, de forma tan imponente, altanera, poderosa... ni el más grande de los paraguas nos libra de calarnos hasta las rodillas.

Las aceras se convierten después en un ir y venir de almas despeinadas, saldalias encharcadas y camisas húmedas de goterones pegajosos. Se camina entre charcos. Los taxis-bicicleta comienzan a aparecer de nuevo sacudiéndose la ira del caprichoso cielo y vuelven a reclamar la atención de los clientes con sus silbatos. Y si en esta ciudad no se descuida ni una sóla oportunidad para hacer marketing, algunos reaparecen en la escena multicolor de Manhattan con finos chubasqueros amarillos salpicados del logotipo en rojo de una cadena de comida rápida. Aquí 'al mal tiempo, buen ingenio'.
Al poco, y como cada vez después de la tormenta, que dura un tiempo y después desaparece para quizás reaparecer con más fuerza en una o dos horas, el fragor de la lluvia queda relevado por las sirenas de los bomberos. Sirenas tan poderosas como el agua previa, exhibiendo el poderío del grupo de profesionales más venerados en la ciudad desde el 11S.


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