En Nueva York te puedes subir a un rascacielos o a unos zapatos. En las señas de identidad de la ciudad caben el Empire State Building, el edificio Chrysler o el Roquefeller Center. Pero junto a ellos, también la devoción desmedida por el calzado. Especialmente aquellos objetos de deseo que desafiando la ley de la gravedad, transforman a una mujer como otra cualquiera, en una auténtica diva de la ciudad.
Mirar al suelo es como asistir a una exposición de obras de arte hechas a la medida de los pies de las japonesas, siempre destilando un aire de elegancia sostenida en tacones de primeras marcas. Las americanas guardan un secreto, en sus grandes bolsos esconden un par de chanclas para cuando ya no es imprescindible lucir el palmito. Son más prácticas. Las europeas en cambio, más discretas con la altura de sus tacones, no dejan su paso indiferente completando la moda de sus pies con ese exquisito gusto en el vestir tan apreciado por estas latitudes.
La realidad es que no importa de dónde seas, después de un tiempo, las féminas de esta ciudad desarrollan una capacidad casi genética de adaptarse al entorno creando una alianza zapato & asfalto cercana a la perfección. Pueden caminar con la firmeza de un soldado sobre vertiginosos tacones de aguja por calles y avenidas sin mostrar el más mínimo destello de dolor de pies o de espalda. Son mis auténticas heroínas. Yo debí llegar a esta ciudad sin duda con un defecto genético, pero me encanta observar esas obras de arte en movimiento o bien las que descansan expuestas cual piezas de museo, en los escaparates de la Quinta Avenida.
Al negocio del calzado, se une el de los miles de locales repartidos por toda la ciudad donde además de hacerte una perfecta manicura de manos, pueden dejan tus pies listos para correr una maratón sobre tacones si hace falta. Y es que sería definitivamente ofensivo calzar unos zapatos de cientos, o incluso miles de dólares con las uñas o los talones descuidados. Así, en un ritual cercano a la ceremonia del té, el sagrado tiempo dedicado para lucir unos pies perfectos es el tiempo que a pesar de escasear en las ajetreadas vidas de las neoyorkinas, siempre tendrá un hueco en sus apretadas agendas.
Mirar al suelo es como asistir a una exposición de obras de arte hechas a la medida de los pies de las japonesas, siempre destilando un aire de elegancia sostenida en tacones de primeras marcas. Las americanas guardan un secreto, en sus grandes bolsos esconden un par de chanclas para cuando ya no es imprescindible lucir el palmito. Son más prácticas. Las europeas en cambio, más discretas con la altura de sus tacones, no dejan su paso indiferente completando la moda de sus pies con ese exquisito gusto en el vestir tan apreciado por estas latitudes.
La realidad es que no importa de dónde seas, después de un tiempo, las féminas de esta ciudad desarrollan una capacidad casi genética de adaptarse al entorno creando una alianza zapato & asfalto cercana a la perfección. Pueden caminar con la firmeza de un soldado sobre vertiginosos tacones de aguja por calles y avenidas sin mostrar el más mínimo destello de dolor de pies o de espalda. Son mis auténticas heroínas. Yo debí llegar a esta ciudad sin duda con un defecto genético, pero me encanta observar esas obras de arte en movimiento o bien las que descansan expuestas cual piezas de museo, en los escaparates de la Quinta Avenida.
Al negocio del calzado, se une el de los miles de locales repartidos por toda la ciudad donde además de hacerte una perfecta manicura de manos, pueden dejan tus pies listos para correr una maratón sobre tacones si hace falta. Y es que sería definitivamente ofensivo calzar unos zapatos de cientos, o incluso miles de dólares con las uñas o los talones descuidados. Así, en un ritual cercano a la ceremonia del té, el sagrado tiempo dedicado para lucir unos pies perfectos es el tiempo que a pesar de escasear en las ajetreadas vidas de las neoyorkinas, siempre tendrá un hueco en sus apretadas agendas.


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