Si alguien ha estado en Nueva York, sabe que el glamour de las películas se transforma al caer la tarde cuando organismos biodegradables van poblando las calles y avenidas, cual mutantes silenciosos tomando la ciudad. Son negros, gigantes, desparramados por su propio peso. Estos inertes, herméticos y oscuros habitantes, se apilan unos contra otros formando ficticias trincheras urbanas al pie de las aceras. Sigilosos e impasibles, se van reproduciendo por el tablero de Manhattan cual elementos de videojuego que tratarán de eliminar del mapa durante la noche, un ejército de vengadores contra el desperdicio.
Manhattan es la isla que nunca duerme. La actividad es frenética en las calles o en el interior de los edificios. Cuando esta insaciable generadora de energías al caer la noche acaba de hacer la digestión, escupe discretamente todo aquello que no tiene nada que ver con limusinas ni cócteles, con bolsos de Prada o galerías de arte. Entonces es cuando los mutantes comienzan a reproducirse y, la ciudad mira para otro lado mientras su inmundicia, descansa al pie del portal, delante de las tiendas, los supermercados, incluso de las iglesias o al borde de las aceras frente a los casi 20.000 restaurantes de la ciudad. En algunos los clientes ‘disfrutan’ de la cena a pocos metros sentados en la terraza en las noches de verano, desafiando toda regla de la sensatez humana, que prefiere dejarse ver, aunque sea junto a la basura.
Basura sí, pero basura rigurosamente clasificada por ley con los más legítimos fines medioambientales. Unos fines tan lícitos e idealistas como los sueños de los muchos que viven aquí. Sin embargo, sobre todo al calor de las jornadas veraniegas por mucho fin altruista, impuesto u origen noble que tenga, la basura apesta.
Casi diez mil toneladas de desechos diarios genera esta gran manzana, cada año más poblada de sueños, de grúas que aprovechan el límite casi infinito del cielo para generar sustanciosos ingresos inmobiliarios, más poblada de turistas, de coches, de ‘wanna be’, de inmigrantes ilegales y de los ricos del mundo. Más poblada en definitiva de basura a la caída de la tarde, sigilosamente trasladada durante la noche a otros estados. Por la mañana la ciudad, recupera su cara más limpia y fresca en el inicio de otra jornada. Al finalizar el día, de nuevo la misma estampa que tira por los suelos no sólo aquello que nos sobra a diario. Queda por el suelo la imagen de ciudad de sueño que a menudo tenemos antes de llegar aquí.
Manhattan es la isla que nunca duerme. La actividad es frenética en las calles o en el interior de los edificios. Cuando esta insaciable generadora de energías al caer la noche acaba de hacer la digestión, escupe discretamente todo aquello que no tiene nada que ver con limusinas ni cócteles, con bolsos de Prada o galerías de arte. Entonces es cuando los mutantes comienzan a reproducirse y, la ciudad mira para otro lado mientras su inmundicia, descansa al pie del portal, delante de las tiendas, los supermercados, incluso de las iglesias o al borde de las aceras frente a los casi 20.000 restaurantes de la ciudad. En algunos los clientes ‘disfrutan’ de la cena a pocos metros sentados en la terraza en las noches de verano, desafiando toda regla de la sensatez humana, que prefiere dejarse ver, aunque sea junto a la basura.
Basura sí, pero basura rigurosamente clasificada por ley con los más legítimos fines medioambientales. Unos fines tan lícitos e idealistas como los sueños de los muchos que viven aquí. Sin embargo, sobre todo al calor de las jornadas veraniegas por mucho fin altruista, impuesto u origen noble que tenga, la basura apesta.
Casi diez mil toneladas de desechos diarios genera esta gran manzana, cada año más poblada de sueños, de grúas que aprovechan el límite casi infinito del cielo para generar sustanciosos ingresos inmobiliarios, más poblada de turistas, de coches, de ‘wanna be’, de inmigrantes ilegales y de los ricos del mundo. Más poblada en definitiva de basura a la caída de la tarde, sigilosamente trasladada durante la noche a otros estados. Por la mañana la ciudad, recupera su cara más limpia y fresca en el inicio de otra jornada. Al finalizar el día, de nuevo la misma estampa que tira por los suelos no sólo aquello que nos sobra a diario. Queda por el suelo la imagen de ciudad de sueño que a menudo tenemos antes de llegar aquí.



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