martes, 25 de noviembre de 2008

Pavo, Navidad a la vista y miedo contenido

Probablemente Thanksgiving es es la fiesta con más significado a este lado del Atlántico en esa amplia, tantas veces magnificada y tantas otras sobrevalorada tierra llamada Norte América. Estos días se vuela de punta a punta del país avivándose el sentimiento familiar que los españoles tenemos tan arraigado y que por aquí parece vivirse de otra forma. Thankgiving es sinónimo de una gran fiesta alrededor de la mesa y en ella no puede faltar el célebre pavo para el que un horno a la altura de las circunstacias, es absolútamente imprescindible. En un país donde todo es grande, tienes suerte si encuentras uno de menos de seis kilos en el que emplear a fondo tus habilidades culinarias. Desde el New York Times con su especial de recetas para triunfar como anfitriones, hasta el despliegue de todo tipo de detalles en las estanterías del Whole Foods junto a las neveras donde los pavos se ofertan con generosidad de peso (que no de precio), todo está casi listo para el gran día.

En el empeño de dignificar al máximo tan benerada fecha, se alían incluso los comercios o los restaurantes, que por una vez cierran sus puertas cuando aún es de día. Hoy y mañana se ultiman las últimas compras para la mesa y se alimenta no sólo el apetito carnívoro sino el estrés de preparar una cena como dios manda, sobre todo en una ciudad como Nueva York donde casi nadie cocina. Esto genera sin duda una especie de ansiedad gastronómica que poco tiene que ver con el apetito sino más con los preliminares de tener todo listo para preparar el relleno del pavo, las salsas que lo complementen, verduras, sweet potatos, aperitivos varios y un broche final coronado por el tradicional 'Pumkin pie' o pastel de calabaza. Comida, comida y más comida, esta vez con la insólita responsabilidad sobre todo en esta urbe, de ser preparada de forma casera. La falta de costumbre y el ritmo siempre repleto de obligaciones de esta ciudad, sin duda aviva las prisas del último minuto por tener todo listo para una celebración cuyo significado va más allá del sentimiento familiar.

Thanksgiving no sólo marca un punto de encuentro, una reunión esperada por todos aromatizada por los fogones de la cocina. Thanksgiving marca el pistoletazo de salida para la siguiente gran celebración. Y es que cuando el último jueves de noviembre toque a su fin, los comercios que ese día cerraron de forma extraordinaria a las 3 o las 4 de la tarde, estarán listos para comenzar la carrera por aprovechar uno de los periodos más fructíferos en ventas del todo el año. Las Navidades no llegarán hasta dentro de un mes, pero aquí los puestos callejeros, la pista de hielo de Central Park, Bryan Park o el Roquefeller Center, están funcionando desde hace días. Oficialmente la temporada de compras navideñas se inicia tras el Día de Acción de Gracias y aunque no hay día del año en que aquí no encuentres un reclamo para salir y consumir, en el subconsciente colectivo la regla funciona tan bien que seguro la actividad comercial comienza a despuntar con fuerza después del día del pavo, este año seguro con más recato. Habrá que ver qué estrategias emplean los grandes publicistas para lograr desviar la atención del miedo mediático por la amenazante recesión económica y transformarlo en una 'gratificante experiencia sensorial y personal bla, bla, bla' que consiga que la gente siga soltando dinero del bolsillo cuando muchos comienzan a darse cuenta de que en realidad, es mucho lo que no se necesita y muchas razones por las que no gastar. Intuyo que la euforia navideña será la última inyección de optimismo contenido antes entrar en una oscura cuesta de enero que todo el mundo teme este año más que nunca y razón por la cual vamos a disfrutar del pavo por si en adelante no podemos comer más que sopita delante de la televisión. Happy Thanksgiving.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Otoño en Nueva York

Nueva York se ha despertado hoy mirando al invierno. Tras un benévolo y apacible otoño que más parecía una perezosa prolongación de los alegres días de sol y terrazas, esta mañana las miradas eras esquivas, los cuellos altos, las cabezas bajas y el paso eso sí, rápido como casi siempre. Las faldas más largas y los pañuelos al cuello. Ya no se veían las chanclas saltarinas en los pies de media ciudad y hemos pasado a un desfile de botas de caña, medias y altas, con tacones de nuevo a veces discretos, y otras imposibles. A algunos turistas el frío les ha sorprendido esta mañana saliendo del hotel con una simple chaqueta de entretiempo, o camiseta de manga larga. Caminaban con paso ligero por las calles en busca de la cafetería más cercana para sostener entre sus manos, que recogían tensas en sus bolsillos o entre sus brazos cruzados, un primer café posiblemente en vaso de cartón, antes de ponerse en marcha.

El otoño se ha instalado finalmente en la ciudad, pero ahora sólo con un resquicio de sol que recuerda a la estación anterior y un más que presente viento afilado en las esquinas que agudiza la sensación de frío y recuerda, de forma rotunda, que lo que vendrá a partir de ahora será un termómetro menguante según avancen los días.

Ante la amenaza de los rigores climáticos que son tan inherentes a esta ciudad como sus rascacielos, camino por la Cctava avenida hasta llegar cerca de Central Park. Sin traspasar la calle 59 que me haría desembocar en este oasis verde en medio de la ciudad, me quedo a las puertas planeando una nueva visita al Metropólitan en los próximos días para tras salir, dar un paseo por el parque a la busca y captura de la estampa de los árboles que poco a poco van mudando su vestido otoñal, por una apariencia más escueta pero no menos pintoresca.

Es otoño en Nueva York y por la noche estos días las luces que iluminan el Empire State Building son moradas y naranjas. Hablan sin articular palabra de uno de los días que se aproxima y que desde hace más de una semana, puebla las entradas de algunas casas de calabazas, espantapájaros, telarañas e incluso lápidas en el pequeño jardín de la puerta. Halloween se acerca, el frío se hace más presente, los árboles comienzan a perder las hojas y a la gente en los primeros días de cambio brusco de temperatura el caracter se le apena un poco. Las pastelerías venden 'pumpking pie' y ya muchos han comprado los billetes para volar el día de Acción de Gracias a reunirse con los suyos. Pero antes que ese día llegue, un nuevo presidente marcará no sólo los nuevos designios de un imperio que parece ultimamente se tambalea, sino las conversaciones de la cola de supermercado, del restaurante, de la peluquería o el salón de manicura... Las elecciones están a la vuelta de la esquina y según se aproximen, no importa si el frío quiere imponer su presencia cada día un poco más, el ambiente continúa caldeándose y las apuestas aún no se atreven predecir con claridad si el 'cambio' está por llegar y de qué mano vendrá.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Miradas robadas

Un objetivo 55-200 puede guiarte por las calles de cualquier ciudad como si de una dimensión paralela se tratase, un mundo distinto, distante, casi cinematográfico. Te escondes tras la pequeña mirilla tras la cual te gustaría volverte imperceptible, como el aire que va arañando las esquinas y que se cuela por los rincones. Volverte invisible a esas miradas que ansías atrapar y que sin embargo, huyen desconfiadas a la mínima sospecha de unos ojos extraños.


Sería perfecto ser un humano evaporado tras los punteros luminosos de tu cámara digital. Caminar por las calles robando momentos sin miedo a que te sorprendan detrás de tu objetivo. Inmortalizar un tiempo y un espacio, una banalidad cualquiera, un gesto espontáneo, un caminar que batalla contra el reloj, o el peso de unos pasos que se conforman con sobrellevar un nuevo día en esta isla de duro asfalto, de altas expectativas y moderadas o indecentes recompensas, según y con quien tropieces.



Así me pierdo estos días, detrás de un objetivo y sin más objetivo que los que caminan ahí fuera, en la realidad al otro lado de mi cámara. Una realidad a la que me gusta imaginar que no pertenezco, a la que observo como si fuera un enviado especial a una misión con billete de vuelta a Marte... nada más lejos de la ‘realidad’. Me mezclo con ella y a veces hasta consigo ver ángulos, luces, colores derramados sin querer en la composición casual de un rincón. Lo inerte sorprende o pasa desapercibido, pero lo que conmueve es otra cosa. Son las caras, los gestos, sonrisas perdidas pertenecientes al territorio del delirio o miradas cuya profundidad esconde sin duda historias menos fáciles y felices que las que muestran los anuncios. Imágenes de personas a las que me gustaría guardar en mi galería de vidas imaginadas revelándose tras el gesto de un milisegundo.




Esas, raras veces las capto. Tras la sencillez de apretar un botón, los matices para alcanzar aquello que perciben tus ojos son tan infinitos que el abatimiento asoma cuando en casa ves el resultado a pantalla completa. Nada de lo que viste está ahí, se quedó formando parte de la escena que te pareció de repente reveladora, perfecta, expresiva y llena de contenido, pero que se perdió no sabes muy bien y otra vez por qué. Se quedó en tu deseo de volver a captar otra foto que no fue, pero que esperas arrancar mañana de esa realidad que esta ahí para que la atrapes y para hablarte desde su delirio, desde su belleza, desde su glamour o su miseria, su pasión o su tedio, para hablarte con imágenes. Aquellas imágenes que a veces pierde mi objetivo, pero nunca mi mirada.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Nueva York, una ciudad para ancianos... chinos

Nunca he estado en China, ni se cómo huele China, ni cómo pasan su tiempo libre los chinos o cómo se comportan cuando comparten mesa en un restaurante. No se cómo está cambiando el gigante dormido que desde hace tiempo se despereza y amenaza con cambiar las reglas del juego. Sin embargo, sí puedo curiosear y perder mis pasos silenciosos y perplejos por las callejuelas de Chinatown en la parte baja de Manhattan. Un microuniverso que no se si está más o menos lejos de la realidad de su país pero que bulle cada día de actividad, de gente, de sonidos, colores y sobre todo olores. En este microcosmos, se da la paradoja de la edad de oro en el mismo corazón de una ciudad perfecta para jóvenes con ambición, y no tan apetecible cuando los años te piden una dosis menor de adrenalina.

Apenas tropiezas con ancianos en Nueva York. Es demasiado agresiva y hostil para la progresiva necesidad de calma de un adulto que vive sus días de retiro con una ansia de tranquilidad de espíritu. Los de aquí se mudan a Florida o a otros espacios del sur, donde la temperatura y el ritmo son más benignos y considerados con la salud física y mental (aunque otras serán las paradojas). Sin embargo, Chinatown rompe las reglas y abraza en su laberinto de calles, tiendas, diminutos apartamentos, pequeños parques... a ancianos que sin el mínimo gesto de desasosiego pueblan determinados espacios de esta pequeña China llenado el devenir de sus días de una intensa actividad social.

Chinatown es una porción de ciudad que ha crecido por y para satisfacer las necesidades de los miles de ojos rasgados que viven aquí. Miles de asiáticos que se afanan, algunos, en atraer la atención de los turistas, pero muchos otros en vender su pescado, su fruta, en cortar el pelo, en vender productos de allí, aquí, en tener siempre a punto sus restaurantes, sus librerías... Todo por y para retoalimentar la vida de una China lejana de origen pero viva y celosa de sus tradiciones.


En medio de esta China, que robó un bocado de Manhattan para el uso y disfrute propio, un espacio trepidante y sorprendente, un anciano duerme apaciblemente en un parque tumbado sobre una piedra, ellas se decantan por las cartas cubiendo sus centenarias cabezas donde las arrugas hablan de largos caminos recorridos. Otros simplemente se encaraman en cuchlillas a una piedra con sus pies desafiando la fuerza de la gravedad, agarrándose a unas rudimentarias clanclas desgastadas. Ven pasar el tiempo, la gente, los cambios de la luz en silencio, como digiriendo pausadamente los minutos con los ojos y su mundo interior, probablemente muy diferente del de un anciano occidental.


En este parque en el corazón de Chinatown y muy cerca del distrito financiero, se contrapone la prisa con la placidez del tiempo paladeado con calma del que a pesar de no tener un futuro generoso por delante, cuenta con un lujo escaso en Nueva York: tiempo para ver pasar el tiempo.



Me pregunto por qué todos estos ancianos nunca volvieron y si se sienten en esta pequeña China como en casa. Me pregunto cuántos veces se desplazan o se desplazaron fuera de los límites de su universo conocido, donde hay que hablar un idioma que quizás algunos nunca aprendieron a pesar de pasar buena parte de sus vidas aquí. Un instrumento suena en una esquina y una anciana acaba de unirse a la animada partida de cartas mientras el anciano que dormía en su confortable piedra, se despereza y mira con los ojos ahora muy abierots el mundo a su alrededor. Un mundo que igual que hace una hora, va escribiendo en las páginas de mis recorridos por la ciudad un capítulo más de una cotidianeidad de sus calles y barrios.

lunes, 11 de agosto de 2008

Samba en japonés

Siempre expectante ante la posibilidad de cualquier sorpresa sobrevenida de la nada, el pasado domingo Nueva York me regaló para poner la guinda a la semana antes del tedioso lunes, un buen cierre.

Pasear tranquilamente por cualquier calle o avenida tiene estas, en ocasiones, sorprendentes salidas de tono que te alegran el ánimo sin gastar un céntimo. Y es que parece que la ciudad de los rascacielos, donde mucho de lo que ves es superficial y casi siempre tiene un precio, se torna generosa sobre todo en verano. El arte, que no las ciencias o los números, parece más proclive a actos sin ánimo de lucro que ponen la nota de color y convierten a esta ciudad en única, en los puntos más concurridos o los más recónditos.

Resulta que cada verano Lincoln Center deleita a locales y visitantes con espectáculos al aire libre. Este año, las obras ante el magestuoso edificio hacen que las sorpresas que han trasladado a la parte trasera, pasen casi desapercibidas a no ser que sepas de ellas a priori. Por suerte, la calma de la ciudad un domingo por la tarde hicieron que el sonido de la percusión de los tambores coreanos me hiciera preguntarme qué diablos estaba pasando allí. En la parte trasera del Lincoln Center, se ha habilitado una explanada inmensa llena de sillas con tenderete incluído para la venta de material promocional (esto que no falte) además de otro pequeño e improvisado bar donde aprovisionarte de una cerveza bien fría o una margarita mientras disfrutas del espectáculo.

Los coreanos estaban terminando, una lástima porque el sonido y la energía que desplegaban en el escenario era para quitarse el sombrero, pero algo difícil de describir estaba a punto de comenzar. Como un espejo de la propia ciudad, un brasileño encabezaba el invento. Cyro Baptista subió encima del escenario a un conjunto de artistas claramente venidos de aquí, de allá y de más allá, conformando un caleidoscopio musical realmente curioso.

Trataré de definir no sin esfuerzo lo que ante mis ojos se presentó como una pirueta musical cuanto menos extravagante y muy, muy divertida. En realidad, 'Cyro Baptista and Beat the Donkey' son un reflejo de la propia ciudad sobre un escenario una noche de verano. Pongamos en la coctelera sonidos de aquí y de allá, instrumentos de los más rocambolesco algunos de ellos 'made in mi propia casa', un grupo de músicos, bailarines o no sabría bien cómo definirlos cuyas pieles conformaban un abanido entre el negro azabache y el blanco gheisha, indumentaria extravagante y colorida como no podía ser de otra forma... puesto todo en la coctelera ellos mismos se encargaban de agitarse haciendo sonar al tiempo un clarinete y un inmenso tambor, una guitarra eléctrica y un micrófono como los de las manifestaciones multitudinarias coreando mensajes protesta a través de un altavoz... El resultado: sonidos de jazz jugando con percusiones africanas o sonidos pop tratando de encontrar el equilibrio con melodías orientales. En definitiva, que al final hasta resultaba normal escuchar una samba con letra japonesa mientras que otra asiática componente del grupo, vestida como si fuera un dibujo animado o una india hippie movía las caderas como marca la música (que no las formas de su escondida anatomía lejos de los consavidos excesos de las mulatas brasileñas meneando caderas).


Así una tras otra, el repertorio desembocó en una despedida en la que la sección brasileña de la grada, agrupada en uno de los laterales, acabó bailando y desgañitándose a veces sin venir a cuento, probablemente movidos por la pasión que genera la añoranza del país regada por alguna que otra margarita. El próximo viernes, a las 7.00 de la tarde, 200 guitarras eléctricas prometen, cuanto menos, una entretenida apertura de un nuevo fin de semana.

lunes, 4 de agosto de 2008

Rascacielos de piedra en el Cañón del Colorado.

Agua, vida, vida y mucha más vida. Con el río florece en lo profundo del cañón un paraiso natural difícil de imaginar desde la cima. Comenzando en Marble Canyon, el agua color esmeralda pronostica en su extraordinaria conexión con el azul del cielo plagado de nubes blancas y formaciones rojas a lo largo de su recorrido, un viaje mágico lleno de historias, historia, naturaleza y grandiosidad.


Calor extremo, agua extrememadamento fría, vegetación frondosa, flores, roca, playas de arena fina y casi blanca junto a formaciones de millones de años en constante cambio. Flores alucinógenas, catedrales de piedra compitiendo en silencio por su belleza, magestuosa y rotunda. Árboles que abren grietas en las rocas y crecen alargando sus ramas hacia el sol impetuoso que reina cada día. Cactus que parecen pulpos vegetales mostrando sus tentáculos surgidos de lo más profundo del mar de rocas que puebla este inmenso monumento natural. Luna llena de noche, sol, más sol, mucho más sol. Julio cumple con su misión de aportar su particular ración de intensidad a la experiencia del Gran Cañón.


El río se torna mucho más oscuro, arrastrando barro, algunas ramas y múltiples sedimentos a lo largo de su curso. Calma, calma, más calma mientras escuchas el ronroneo cada vez más poderoso de un salto de agua seguido por un tramo de rápidos. Rápidos cargados de agresividad domesticada por un barco demasiado pesado para volcar, pero donde se cuentan historias de los primeros intrépidos exploradores del Gran Cañón.

Ruido de chicharras ensordecedor y el calor de las rocas, abrasador, despiadado a la caída de la tarde... no hay respiro. El viento árido y la sequedad extrema del aire intensifican la sensación de estar como en otro planeta, donde las condiciones de vida son extremas pero la belleza tan inmensa que compensa la extenuación al final del día.

Pasamos del rojo a medida que avanzamos a un negro charol de unas rocas que parecen estar derritiéndose y que hablan de un pasado volcánico. La erosión, el sol, la nieve y el hielo del inverno dibujan en todo momento formas impredecibles y nunca iguales. Vetas rosadas atraviesan como rayos algunas de estas brillantes paredes oscuras. Más y más formaciones que generan cañones laterales. Son como catedrales góticas o templos chinos, cada una de ellas original y magnífica. Surgen de la nada arroyos paradisiacos que en algún punto te regalan en forma de cascada una ducha natural, cristalina y revitalizante.

El cielo se torna oscuro de pronto, la amenaza de lluvia es casi como un regalo. El sol abrasa y sólo el río, cuando entras vestido en el para matener el cuerpo fresco después, alivia temperaturas extremas para los humanos. Humanos que desde siempre se han adentrado en las entrañas del cañón atraídos por lo que sólo si puedes ver, puedes entender.



Por las noches, mientras duermes tendida en la arena escuchando el rumor del río, la naturaleza sigue su curso. Con suerte nada te molesta y sólo tienes que sacudir tus zapatos antes de ponértelos por la mañana por si un escorpión o algún otro ciudadano desértico decidió acampar dentro esa noche. Con las primeras luces abres los ojos y si miras alrededor, a menudo ves huellas, recorridos a veces laberíntidos de quien ha merodeado por allí toda la noche pero no quiso molestar. Mejor así. El amanecer es como cada cosa aquí intenso, inmenso, silencioso... Sólo tienes que abrir los ojos al despertar y el regalo es tuyo, sin hacer nada. Te acuestas con un universo de estrellas acariciando tus sueños y te levantas con el sol despuntando tras las rocas rojas que pintan el horizonte de un paisaje asombroso.

Vuelta al agua, a la búsqueda de movimiento en la quietud mayúscula de las formaciones rocosas del cañón. Si estás atento, pronto comenzarán a desfilar por esa pasarela salvaje animales de toda condición por tierra y aire. Casi sientes que te estás entromentiendo en su día a día. Es como entrar en la casa de alguien sin pedir permiso y ver cómo se afeita o abre la nevera para buscar leche para el desayuno. Sin embargo, aquí los animales se mueven contando con el respeto del que mira y trata de pasar desapercibido en este vouyerismo desértico excepcional.


El curso del río va cayendo, hasta 2000 pies de altura desde el origen del viaje en Lees Ferry. El agua contiene cada vez más barro, una espesura que se ha convertido en algo tan familiar después de días que entrar en ella es casi como una anécdota insignificante.

En la última etapa del viaje, aún quedan sorpresas que no por esperadas decepcionan. Sorprende seguro ver el azul y el marrón chocolate dándose la mano formando dibujos en el agua. Como un vals de colores. Estamos en Havasu, simplemente uno de los lugares más memorables del cañón. Aguas cristalinas, piscinas naturales, casacadas que desembocan si continúas avanzando a la contra del transcurso del río en una impresionante caída de agua a la que no llegaremos. Sólo la veremos en las fotos de los libros y sin duda en las postales de las tiendas de regalos fuera del cañón, porque aquí no hay nada de eso. No hay prisa, ni cobertura de móviles, ni resquicios de ninguna de las vidas que cada uno llevamos detrás. Sólo hay un río que cuando entras en él, parece atraparte y trasladarte a otra realidad. Lo de fuera no existe. Hay tantos estímulos que reclaman cada segundo la atención de los sentidos aquí, que parece que este mundo es el real y lo que dejaste atrás es cómo una película de alguien que pareces tú pero como en otra dimensión, en otro tiempo.


La realidad es más real en el cañón, en las mismas entrañas de la tierra, abrazados por una naturaleza salvaje, desbordante, en apariencia inmutable pero siempre cambiante. La luz, los colores, los olores, el contraste extremo entre el calor infernal y despiadado de julio y un agua que fluye a una temperatura que corta la respiración.
Nueva York parece desde aquí cómo una mujer que a pesar de no ser muy agraciada supo sacarse el mejor partido de sí misma. Bolsos, zapatos, complementos, maquillaje, sesiones de peluquería para estar siempre perfecta y una buena dosis de marketing personal y lucha contra el desaliento. Demasiado perifollo buscando impresionar, conseguir miradas, éxito, renombre.

El Gran Cañón es la belleza serena y salvaje a la vez de quien nació guapa y no necesita adornos, ni laca de uñas, ni sombra de ojos. Un universo totalmente opuesto a la ciudad, donde la luna y el sol, el viento y la arena, el agua y las piedras lo llenan todo sin pretensión alguna.

domingo, 13 de julio de 2008

El epicentro de la locura

Junto a uno de los laterales de la estación de autobuses, han levantado prácticamente toda la acera dejando sólo un pasadizo estrecho en el que a ratos se agolpan los que llegan de Jersey, los que buscan los autobuses para ir Newark o al JFK, los que arrastran maletas saliendo de Port Authority y no saben ni dónde van... Cruzo la octava con la 42, con el perpetuo sonido metálico, contundente e irritable, el sonido superlativo de las máquinas trabajando en la creación de otro nuevo rascacielos frente al edificio del New York Times y la terminal de autobuses.

Asciendo por la 42, el vapor sale por las rejas que hay junto a la acera. Bocanadas de un humo blanco del que todo el mundo se pregunta su origen sin encontrar una fácil respuesta. Gente y más gente camina en grupos o parejas, con mochilas, cámaras, gorras y mapas en la mano. Caminan pesadamente, como aturdidos por la marea humana o probablemente y a pesar de mi incomprensión, moviéndose entre ella como pez en el agua. Encontrando una excusa cada diez pasos para una nueva foto que obliga a hacer si cabe más lento el paso de los que caminan, que se paran para no estropear la instantánea, como si fuera un tramo de acera con cien semáforos siempre cerrados a la espera del cambio de luz.

Estamos en el epicentro de la locura, en la meca de la luz, el ruido y el consumo de lo que sea. Caricaturas a 5 dólares, gorras con tu propio grafiti personalizado, más humo un poco más adelante en un carro de pinchos morunos o cómo aquí se llamen, que envuelve el aire de un profundo olor a chamusquina poco apetecible. Más humo, más gente. Un carrito de nueces y almendras caramelizadas despista de nuevo el olfato, esta vez con un olor dulzón profundo. Ordas de adolescentes hacen cola frente al museo de los 'freakys', unos pasos más allá otros se hacen una foto con Whoopi Goldberg en la puerta del Madame Tussauds. El olor intenso a hamburguesa rápida y aceite reutilizado sale por el local completamente abierto a la calle de Mcdonals. Lejos de causar repulsión, atrapa a gente y más gente, que entra, que sale, que camina arriba y abajo. Los adolescentes en grupo simplemente están en su salsa, ajenos a todo o más bien excitados con todo, inmersos en esa felicidad absurda que da la edad del pavo y que potencia tanto reclamo comercial. Chalecos rojos y camisas amarillas compiten a lo largo de la calle para vender tickets para subir en los autobuses turísticos de dos plantas. Los turistas aturullados, algunos sin saber mucho inglés andan como en otra galaxia, sin pensar, para qué, hagamos lo que hace todo el mundo aunque tengamos dos piernas y no nos venga mal un poco de ejercicio.



Huele a papel ahora, papel de periódico del kiosco cerca de la salida del metro. Una boca de metro que escupe gente como si tanto turista le fuese indigesto. Las escaleras mecánicas no dan abasto y junto a la salida, una tienda de ropa deportiva seguro ha comprobado que vende más cuánto más alto sea el volumen de una música que estridente, envuelve un espacio lleno de gente deambulando entre ropa de marca, camisetas de los Yankees de beisbol, gorras, promociones especiales...

Cruzo Broadway y a partir de ahí, recupero un poco la calma, la mayoría gira a la izquierda para llegar al objetivo: Times Square o el delirio superlativo. Un señor negro, trajeado de domingo acaricia las cuerdas de su guitarra lejos de la multitud, toca con los ojos cerrados y el gesto de felicidad de los que aman lo que hacen, no importa si están en el Madison Square Garden o en la acera de cualquier calle. Podría suponerse que lo que quiere es que le escuchen, le sientan y recompensen su música con un dólar perdido en el bolsillo. Podría suponerse que debería entonces buscar un lugar más concurrido, una esquina más abajo, sin embargo escapa de la multitud... ¿será que no tiene mucha fe en la sensibilidad musical de una masa que obviamente es bastante sensible a otros muchos reclamos?

sábado, 5 de julio de 2008

El asesino de revistas

Ha llegado, son las cinco de la tarde de un sábado plomizo con resaca de la fiesta del 4 de julio, también pasada por agua. Desde hace una hora estoy aquí sentada, admirándome una vez más de lo blanco que es este café en mitad de la multicolor Manhattan (hablo de la piel de los presentes, no de las paredes). Estoy cerca de Soho, calle Prince, en Mac Nally Robinson Booksellers. Su café en uno de los laterales de la librería es sin duda uno de esos lugares de referencia de esta nueva área que tiene aún más tirón desde que la bautizaron NOLITA (North of Little Italy). Y es que estos americanos saben bien el valor de las palabras y como las hay que venden y las hay que no. Adivinad en cuáles son expertos.

Retorno al café, a pesar de lo popular que se ha vuelto (estoy convencida que figura en más de una guía de la ciudad), me sigue resultado agradable de vez en cuando encontrar un sitio y disfrutar de una (para variar), buena taza de café y un rato de lectura con música siempre original al volumen justo.

Hoy como cada día, se mezclan entre las mesas creativos de toda condición (diseñadores, escritores, gentes del mundo del cine...) jóvenes estudiantes y profesionales. Mucho 'wannabe' que pretende con su aspecto dejar constancia de una originalidad que, en su forzada diferencia, les mete a todos en el mísmo saco: 'soy el más 'cool' de la ciudad'. Otra raza que lejos de estar en peligro de extinción ocupa cada vez más mesas en el café, es la de los asiáticos. Me encantaría saber sus orígenes. Si en su mayoría son japoneses como cabría esperarse o, los chinos en su silencioso pero fulminante crecimiento, llegan hasta aquí primero, para aprender las tácticas del 'imperio' y, en segundo lugar, merendárselo con patatas fritas o arroz tres delicias. Aquí siempre a gusto del consumidor.

Antes o después siempre acaban apareciendo con cara de 'qué pasa aquí, es que nadie habla?', algún grupo de españoles que han encontrado la reseña en alguna guía. Y es que parece que más de una estrellita de la gran pantalla se ha dejado caer por aquí en alguna ocasión. Algunos americanos o europeos, la mayoría solos, completan la estampa.

Proliferean los portátiles, en los que casi todos parecen estar absorbidos por trabajo o quizás porque queda bien que te vean con tu último Macbook Air ultraligero o la última monería de menos de doce pulgadas. El tamaño de los bolsillos de muchos de los que llegan hasta aquí, aunque no lo parezca, creo que tiene mucho que ver con el tamaño de las pantallas de sus portátiles, que a más pequeñas, más caras y más caché otorgan a quién las posee. No cometeré la gran 'vulgaridad' de llegar hasta allí con mi Asus (qué mierda de marca es esa?) de quince pulgadas. Desentonaría totalmente con el ambiente. Pero hablando de desentonar y como comencé antes de irme por las ramas, tras una hora de lectura y observación, mira quién llegó de nuevo...

Su presencia aquí es tan pintoresca como la de un boxeador en un palco de la ópera lanzando ganchos al aire. Debe de andar en mitad de los cincuenta, es gordo, camina pesadamente, luce un gran bigote, pelo crispado y canoso y no huele demasiado bien. La última vez que le vi, pasó un buen rato haciendo jirones una revista mientras se aseguraba que con cada nueva arremetida, la gente le miraba aunque pretendieran lo contrario. Hoy volvió, quién sabe si ya es un habitual, y la tranquilidad del estudio, la lectura o las charlas casi de biblioteca se vieron de nuevo alteradas como esperaba. Tras pedir un café se sienta en mitad de la sala, arrastra unas cuantas sillas a su alrededor como diciendo 'eh! que he llegado' y desplegando un suplemento del New York Times quizás caducado, comienza una quijotesca lucha llena de aspavientos contra los pliegues del periódico. Acerca su cara a dos centímetros del papel, pretende leer algo y vuelve a luchar para pasar página a los pocos segundos. Acaba su lectura en menos de cinco minutos y tras esto dirige su mirada a una revista que me pregunto si saca cada vez de la vitrina de las revistas a la venta de la librería. Sí, al minuto tras ojear la primera página ráss!! comienza la sangría de las letras que todo el mundo pretende ignorar con leves reajustes de postura y mirada. Por alguna razón no rompe los periódicos, deben de resultarle demasiado incómodos. Sin embargo las revistas son del tamaño perfecto para descuartizarlas poco a poco con un sólo giro de muñeca.

Si esta ciudad es propicia para llamemoslo 'excentricidades' como esta, no lo se. Eso sí, siéntate en un café, y antes o después el espectáculo está garantizado. Tras un rato decido salir antes de que el lidiador de palabras me pille en un renuncio mirándole con cara de, 'esta ciudad se ha cobrado otra víctima mental y está sentado en la mesa de enfrente'.

domingo, 29 de junio de 2008

Nueva York... tropical



En ocasiones no se si estoy en Nueva York o en algún país del trópico. La humedad y el bochorno en algunos días de verano se hace insoportable y en un intento de despojarse de ese denso abrigo pegajoso que es el aire de la ciudad, surgen de la nada iracundas tormentas. Lluvia que en sólo unos minutos chorrea por los canalones de las casas, empapa los toldos de las tiendas, resbala infinita por las avenidas, pilla de imprevisto a los mexicanos con sus bicicletas sorteando el tráfico para llevar comida a domicilio aquí y allá.



Ruge el cielo, de repente el viento sopla y el vaivén de la lluvia pelea contra sí misma en remolinos de agua que parecen bailarines que quieran ocupar la ciudad desde el cielo. La gente se refugia dónde puede y algunas tiendas echan el día vendiendo paraguas a tres dólares. Aunque cuando aquí llueve, de forma tan imponente, altanera, poderosa... ni el más grande de los paraguas nos libra de calarnos hasta las rodillas.



Las aceras se convierten después en un ir y venir de almas despeinadas, saldalias encharcadas y camisas húmedas de goterones pegajosos. Se camina entre charcos. Los taxis-bicicleta comienzan a aparecer de nuevo sacudiéndose la ira del caprichoso cielo y vuelven a reclamar la atención de los clientes con sus silbatos. Y si en esta ciudad no se descuida ni una sóla oportunidad para hacer marketing, algunos reaparecen en la escena multicolor de Manhattan con finos chubasqueros amarillos salpicados del logotipo en rojo de una cadena de comida rápida. Aquí 'al mal tiempo, buen ingenio'.

Al poco, y como cada vez después de la tormenta, que dura un tiempo y después desaparece para quizás reaparecer con más fuerza en una o dos horas, el fragor de la lluvia queda relevado por las sirenas de los bomberos. Sirenas tan poderosas como el agua previa, exhibiendo el poderío del grupo de profesionales más venerados en la ciudad desde el 11S.

Poco a poco todo se recompone y la ciudad continúa sin mirar atrás. Aquí no se mira atrás, ni se piensa en las nubes, se calza uno los zapatos y sigue firme el paso a su destino, antes de que el cielo se enfade de nuevo y en su gesto contrariado nos vuelva a obligar a cobijarno bajo el adamio de algún edificio en obras, o a permanecer dentro de alguna tienda o restaurante, más tiempo del que teníamos previsto.

martes, 17 de junio de 2008

Oscuros mutantes ocupan la ciudad

Si alguien ha estado en Nueva York, sabe que el glamour de las películas se transforma al caer la tarde cuando organismos biodegradables van poblando las calles y avenidas, cual mutantes silenciosos tomando la ciudad. Son negros, gigantes, desparramados por su propio peso. Estos inertes, herméticos y oscuros habitantes, se apilan unos contra otros formando ficticias trincheras urbanas al pie de las aceras. Sigilosos e impasibles, se van reproduciendo por el tablero de Manhattan cual elementos de videojuego que tratarán de eliminar del mapa durante la noche, un ejército de vengadores contra el desperdicio.

Manhattan es la isla que nunca duerme. La actividad es frenética en las calles o en el interior de los edificios. Cuando esta insaciable generadora de energías al caer la noche acaba de hacer la digestión, escupe discretamente todo aquello que no tiene nada que ver con limusinas ni cócteles, con bolsos de Prada o galerías de arte. Entonces es cuando los mutantes comienzan a reproducirse y, la ciudad mira para otro lado mientras su inmundicia, descansa al pie del portal, delante de las tiendas, los supermercados, incluso de las iglesias o al borde de las aceras frente a los casi 20.000 restaurantes de la ciudad. En algunos los clientes ‘disfrutan’ de la cena a pocos metros sentados en la terraza en las noches de verano, desafiando toda regla de la sensatez humana, que prefiere dejarse ver, aunque sea junto a la basura.

Basura sí, pero basura rigurosamente clasificada por ley con los más legítimos fines medioambientales. Unos fines tan lícitos e idealistas como los sueños de los muchos que viven aquí. Sin embargo, sobre todo al calor de las jornadas veraniegas por mucho fin altruista, impuesto u origen noble que tenga, la basura apesta.

Casi diez mil toneladas de desechos diarios genera esta gran manzana, cada año más poblada de sueños, de grúas que aprovechan el límite casi infinito del cielo para generar sustanciosos ingresos inmobiliarios, más poblada de turistas, de coches, de ‘wanna be’, de inmigrantes ilegales y de los ricos del mundo. Más poblada en definitiva de basura a la caída de la tarde, sigilosamente trasladada durante la noche a otros estados. Por la mañana la ciudad, recupera su cara más limpia y fresca en el inicio de otra jornada. Al finalizar el día, de nuevo la misma estampa que tira por los suelos no sólo aquello que nos sobra a diario. Queda por el suelo la imagen de ciudad de sueño que a menudo tenemos antes de llegar aquí.


jueves, 12 de junio de 2008

Shoes and the city

En Nueva York te puedes subir a un rascacielos o a unos zapatos. En las señas de identidad de la ciudad caben el Empire State Building, el edificio Chrysler o el Roquefeller Center. Pero junto a ellos, también la devoción desmedida por el calzado. Especialmente aquellos objetos de deseo que desafiando la ley de la gravedad, transforman a una mujer como otra cualquiera, en una auténtica diva de la ciudad.

Mirar al suelo es como asistir a una exposición de obras de arte hechas a la medida de los pies de las japonesas, siempre destilando un aire de elegancia sostenida en tacones de primeras marcas. Las americanas guardan un secreto, en sus grandes bolsos esconden un par de chanclas para cuando ya no es imprescindible lucir el palmito. Son más prácticas. Las europeas en cambio, más discretas con la altura de sus tacones, no dejan su paso indiferente completando la moda de sus pies con ese exquisito gusto en el vestir tan apreciado por estas latitudes.

La realidad es que no importa de dónde seas, después de un tiempo, las féminas de esta ciudad desarrollan una capacidad casi genética de adaptarse al entorno creando una alianza zapato & asfalto cercana a la perfección. Pueden caminar con la firmeza de un soldado sobre vertiginosos tacones de aguja por calles y avenidas sin mostrar el más mínimo destello de dolor de pies o de espalda. Son mis auténticas heroínas. Yo debí llegar a esta ciudad sin duda con un defecto genético, pero me encanta observar esas obras de arte en movimiento o bien las que descansan expuestas cual piezas de museo, en los escaparates de la Quinta Avenida.

Al negocio del calzado, se une el de los miles de locales repartidos por toda la ciudad donde además de hacerte una perfecta manicura de manos, pueden dejan tus pies listos para correr una maratón sobre tacones si hace falta. Y es que sería definitivamente ofensivo calzar unos zapatos de cientos, o incluso miles de dólares con las uñas o los talones descuidados. Así, en un ritual cercano a la ceremonia del té, el sagrado tiempo dedicado para lucir unos pies perfectos es el tiempo que a pesar de escasear en las ajetreadas vidas de las neoyorkinas, siempre tendrá un hueco en sus apretadas agendas.

domingo, 8 de junio de 2008

El Mercado de los Granjeros


Las obras han desplazado muchos de los puestos del Mercado de los Granjeros al lateral oeste de Union Square, junto a los habituales tenderetes con toda variedad de chapas pro Hilllary / Obama, camisetas, fotos, o salpimenteros con forma de fantasma. Así, según avanzamos al sur, nos encontramos inmersos en una ecléctica variedad que desvía la atención de los quesos de cabra, a extrañas formas de arte sobre insólitos soportes. De los pasteles de manzana caseros, a una serie de fotos en blanco y negro del Balet Nacional de Cuba a finales de los 70. De manojos de rábanos frescos a láminas de pinturas japonesas en miniatura.

Flores, plantas, frutas y verduras, quesos, mermeladas, huevos, panes cocidos en horno de leña… El esfuerzo que hace el bolsillo por mantener el cuerpo lejos de conservantes, colorantes, pesticidas y otras barbaridades nutritivas, se traduce aquí en un ir y venir de lo más ‘selecto’ de Manhattan 4 días por semana.




Un anciano sentado en una silla que le obliga a estar casi en cuclillas pela patatas y zanahorias como poseído proclamando que la herramienta es de Suiza, no de China y que en Suiza no podrías comprar nada por 5 dólares. Corea las bondades del pelapatatas mientras muestra con orgullo el artículo que un día le dedicó el Vanity Fair titulado ‘A slice of the street action’.


Las caras de los que estás detrás de los puestos tienen ese destello bonachón que da la tranquilidad del campo. Una incursión 4 días por semana a la ciudad para regalar a los que siempre están luchando contra el reloj bocados orgánicos de frutas y verduras frescas, bollería casera y deliciosa o una planta de tomillo o romero que puedes cultivar en tu propio apartamento de reducidos metros cuadrados por si alguna vez, te da por coger una sartén en la ciudad donde casi nadie cocina.

Un poco más adelante me dejo llevar por el aroma de las fresas. Pequeñas y no muy vistosas pero con un olor que quisieras retener para siempre en tu pituitaria, especialmente cuando comienza el calor y Manhattan pierde mucho de su glamour cinematográfico impregnada por los olores de la basura y el agua estancada a pie de las aceras... Sí, eso también es Manhattan. Pero aquí y ahora, olor a fresas y a zumos naturales. Un lujo en mitad de la cultura del plástico y los embases de diseño.

El ambiente es tan relajado, primaveral y placentero que casi tengo la sensación de estar en una de esas pacíficas plazas de algún país centro-europeo donde el ritmo, por mucho que quiera acelerarse, es otro. Aquí, en un rato, después de las 5 o las 6 de la tarde, los puestos comenzarán a desaparecer. La gente saldrá de las oficinas e irá ocupando los bares y terrazas cercanas para aprovecharse de la ‘Happy Hour’ antes de volver a casa y quizás esta vez, cenar espinacas rehogadas con un poco de pan de leña y queso de cabra.

jueves, 5 de junio de 2008

De New Jersey a Manhattan


El camioncito blanco se aproxima y alzo la mano. El chico para, gira y se agacha en el asiento para estirar el brazo derecho y traer hacia sí una palanca que permite que la puerta del autobús, se abra manualmente. Subo y antes de alcanzar el tercer escalón, un buen acelerón me recuerda que debo andar con cuidado. Bienvenido al autobús de los intrépidos. Te llevan rápido, rápido a Manhattan… de lo que pueda pasar por el camino, nadie te advierte. Pero sólo un viaje de ida y te quedará muy claro que esta vez no te tocó y que quién sabe a quién le tocará salir en las noticias locales diciendo ‘Si es que conducen como lunáticos y los autobuses son tercermundistas. Esto se veía venir’

Esta vez tengo suerte y encuentro asiento a duras penas mientras que el conductor, que habla por su móvil un idioma incomprensible de algún país de Oriente Medio o vete tú a saber, toma la curva cual Fernando Alonso eso sí, con un cacharro que no se de qué chatarrería han rescatado pero que en su día se debió hacer de oro cuando compraron toda la flota (cada uno es diferente y a cual más antiguo). Los asientos están en su mayoría desvencijados, han perdido los reposabrazos, están recosidos porque sus fundas están rajadas además de desgastadas. A los que van estando peor, tienen la delicadeza de cambiarles la tapicería y entonces te encuentras sentado en uno con una tela de floripondios espantosa acorde con el entorno. Por supuesto el aviso de parada aquí no existe, cuando quieres bajar gritas ‘Next stop, please!!!! Mejor antes que después o te arriesgas a un frenazo en seco y a dejar tus dientes para la posteridad en el salpicadero.

Antes de llegar al túnel que cruza el río, una nueva parada y dos chicas latinas suben con tres bolsas gigantescas de basura llenas de algo que parece ropa, almohadas, mantas… A duras penas consiguen acoplar las bolsas entre el conductor (que ahora tiene un motivo más de distracción, qué maravilla!) y la puerta. Ellas dando zancadas con sus saldalias de tacón y chancla consiguen llegar al pasillo y tomar asiento despreocupándose por completo de los bultos sospechosos que el conductor ahora va vigilando como si luego le fueran a dar propina por ello. Así en cada curva, suelta una mano del volante y sujeta las bolsas.

Nadie habla (salvo por el móvil claro). El túnel tiene cobertura y así, ya que los cristales de tan modernos cacharros van tintados (aunque sólo a trozos) pero no hay luces dentro para poder continuar leyendo tu libro, el cotorreo de repente se generaliza. Una sinfonía de inglés y español mientras avanzamos por el túnel hasta salir al otro lado donde el tráfico, como casi siempre es infernal.

Los pibotes naranjas delimitando dos carriles no son problema para nuestro amigo conductor que cuando ve el panorama, mete un volantazo a la izquierda y avanza a toda velocidad durante unos metros hasta dar la curva en la que, no se sabe como, vuelve a colocarse como un buen chico en un carril reglamentario. En todo esto, la gente está intentando salir. No hay paradas hasta la del final, un poco más arriba de la calle, pero si el tráfico o un semáforo hacen que no se pueda avanzar, de inmediato la gente se aproxima a la puerta sin sobrepasar la línea blanca del pasillo justo detrás del conductor (no, eso no por Dios!) y este, a un a riesgo de cualquier desgracia o peor, una demanda millonaria, agarra los dos dólares cincuenta y abre la puerta. Otro quiere bajar detrás pero upps… demasiado tarde, el tráfico avanza así que le pega literalmente con la puerta en las narices y como un mal colchón al que le rechinan todos los muelles, la camioneta va pillando baches y chirriando en solidaridad con los miles de ruidos de la ciudad.
Llegada al destino. La gente hace cola para pagar religiosamente su trayecto y, saltando cada uno por encima de las bolsas, bajan muy civilizadamente del autobús sin decir ni pío.

En esa costumbre tan americana de ser corteses, todo el mundo paga y dice ‘Thank you’. Y yo me pregunto 'Thank you ¿por qué?', supongo que porque esta vez, como cada vez, además de ser una formalidad, hemos tenido la suerte de no tener que lamentar males mayores.

miércoles, 4 de junio de 2008

De oasis y patrocinios

Subo el volumen de mi i-pod con la esperanza de ahogar los ruidos de la ciudad que no cesan sólo a unos pasos. He llegado hasta Bryan Park, un coqueto oasis verde abrazado por grandes y modernas torres de oficinas y unos cuantos señoriales edificios que nos regalan su oscura e irresistible belleza, como la fachada del Bryan Park Hotel. Cerrando el parque por el lado este, la Biblioteca Pública de Nueva York, a cuyos pies cada tarde hacen cola los aspirantes a ver y ser vistos en la terraza del glamour, donde cóckteles y tacones dibujan como en un cuadro puntillista, la estampa bulliciosa del bar de moda del momento.

Sin escatimar en medios, el parque ha sido sembrado con cientos de sillas y mesas que se reparten en los paseos laterales y en toda la explanada cuadrada de césped del interior. Aquí puedes descalzar tus pies y también tu imaginación. Es el lugar perfecto para perderse dentro de un libro o simplemente estar.

Muchos están y están solos, o mejor, acompañados por el mejor amigo del hombre moderno: el teléfono móvil de última generación. Muchos leen o divagan con la mirada perdida dando sorbos al café helado que compraron en el quiosco de la esquina o en algún Starbucks cercano. Otros están tumbados, recogiendo los últimos rayos de sol que pueden robarle al día después de abandonar la oficina. Hay quién muerde una manzana y quien apura las patatas fritas de su menú McDonnals mientras cotorrea y se ajusta sus gafas de sol inmensas. Tan inmensas como seguro son sus ganas de comerse la ciudad, de alcanzar sus metas, siempre elevadas a los veintitantos en una ciudad tan llena de oportunidades.

Junto a la calle 42 se ha abierto un área para el fomento de la lectura. Aquí sólo están permitidos libros y revistas. Prohibido fumar, comer, hablar por el móvil o las animadas charlas en grupo. Sólo la distensión que provoca la lectura está permitida en un espacio llamado ‘Reading Room’. Una habitación sin paredes pero con patrocinio. En las alas de las sombrillas sobre las apacibles mesas, ondean las siglas del banco HSBC.

Y es que aquí casi nada es porque sí, salvo que por que sí, cierro mi cuaderno y me dirijo a coger el autobús frente a Port Authority. Una buena excusa para otro relato, esta vez no exento de riesgo, a bordo de autobuses tercermundistas conducidos por camicaces legales. Hasta que algún día haya algo que lamentar, una cola de gente de vuelta a casa, cuenta los minutos que faltan para poder alcanzar la tranquilidad al otro lado del río.

lunes, 2 de junio de 2008

It's better to dance!


It's better dance! retumba la letra de una nueva canción. Tres palabras para alcanzar el éxtasis sobre patines. Ella, exhausta y sudorosa, casi en trance, encuentra de nuevo la energía para corear el estribillo levantando los brazos mientras entorna una sonrisa enorme, amplificada por el contraste entre su blanca dentadura y su piel, oscura y brillante con la luz de la caída de la tarde. La música redime de cualquier tensión y prepara mentalmente para comenzar la semana.

La chica negra de mediana edad, con camiseta verde y mallas oscuras, gafas de sol y energía para dar y tomar, es sólo un componente del grupo de patinadores que cada domingo aterriza en Central Park junto a Sheep Medow y se queda allí bailando sobre sus cuatro ruedas, girando y girando en la pista cual sufí moderno en la metrópoli de la locura. Una japonesa que recuerda a la Yoko Ono de otros tiempos, mucha gente de color, algunos latinos y unas cuantas pieles pálidas con cabellos rubios recogidos con pañuelos de colores o coletas despeinadas. Aquí el color de la piel o la edad no importan, sólo importa mover los pies hasta que el cuerpo aguante.

Los paseantes se paran y quedan embobados durante un buen rato, tomando fotos, asimilando el variopinto espectáculo. Mientras, sin querer, sus pies han comenzado a moverse. Algunos se unen al grupo, con o sin patines. Y es que todos quieren contagiarse del buen humor que se respira al otro lado del perímetro acordonado de la pista.

Mientras que observo pienso quién hay detrás de cada una de esas personas. Algunos casi seguro perdieron hace tiempo la cabeza, cosa nada extraña en esta ciudad. Otros se toman muy en serio la coreografía que practican con su compañera o compañero de patines y detrás de algún otro, imagino serios hombres de negocios, con una vida recta y adicta al trabajo, respetables mandos intermendios o altos cargos que llegan hasta aquí, se plantan un pañuelo de pirata en la cabeza, se colocan unas mallas ajenos a cualquier tipo de pudor, la primera camiseta que pillan y ala! a dejarse llevar por el ritmo despiadado de la música hasta caer exhaustos. Sin reparos, sin inhibición, sin recato de ningún tipo. Cuatro ruedas, muchos decibelios y un montón de gente actuando de forma arrebatadoramente natural. Cada uno es lo que siente en ese momento, sin importar quién deberá ser mañana, en la oficina, en el banco, en la mesa de reunión...

It's better to dance? No lo se, supongo que a veces es una buena alternativa. No se si alguna canción proclama con tanto entusiasmo algo como 'It's better to think!' pero es posible que esta opción no consiga con tanta facilidad dibujar las caras de satisfacción que se ven cada domingo en Central Park, allá donde la música se convierte en el espíritu redentor de algunos de los habitantes de esta ciudad.

domingo, 1 de junio de 2008

La Gran Tentación

Eva llegó al paraíso, y la tentación en forma de manzana la hizo pecar sin remedio. Hasta NYC, llegan a diario ingentes masas de turistas, sobre todo europeos desde que el euro se pavonea sin pudor ante la debilidad del dólar en su propia casa. Qué descaro, pero qué bendición para los comerciantes de la ciudad que ven en esta debilidad una oportunidad como nunca de hacer caja.

Hoy la tentación tiene forma de zapatos, de ropa de firma en la Quinta Avenida y Madison Avenue, de bolsos, carteras y relojes de imitación en la frontera entre Chinatown y Soho. La tentación riza el rizo cuando una marca cuyo logo es, (¿casualidad?), una manzana con mordisco incluido, se ha colado en las orejas de medio mundo y raro es quien llega hasta aquí y no vuelve con uno de esos chismes en su bolso de mano. Un pequeño objeto de deseo que marca el ritmo de la ciudad y casi del mundo entero.

En Nueva York se compra, pero además se come, se degustan sabores de cualquier rincón del mundo, en cualquier parte, a cualquier hora y se sueña con emular a las protagonistas de ‘Sex in the City’ tomando un cosmopólitan en alguno de los locales de moda. En la ciudad que nunca duerme, los estímulos nunca paran y la cartera nunca descansa. El deseo inocente, orgánico, bajo en calorías de la manzana de Eva en el paraíso, parece tan insignificante hoy como el pasado glorioso del dólar.

Me muevo con sigilo por esta otra Gran Manzana, algunos días entusiasmada y otras exhausta ante tanto reclamo, pero siempre registrando estampas. Estampas urbanas que paladeo con las manos, saboreo con el olfato y acaricio con los ojos. Los sentidos se aturullan a veces en esta maraña de tentaciones, sueños y locura. Desde la tribuna sin pretensiones de un observador en mitad de la jungla, voy recogiendo recortes que hilvanaré con palabras para componer mi caleidoscopio personal de la ciudad que nunca duerme. Bienvenidos al ‘paraíso’, a la Gran Manzana. Bienvenidos a NYC: la Gran Tentación.