Agua, vida, vida y mucha más vida. Con el río florece en lo profundo del cañón un paraiso natural difícil de imaginar desde la cima. Comenzando en Marble Canyon, el agua color esmeralda pronostica en su extraordinaria conexión con el azul del cielo plagado de nubes blancas y formaciones rojas a lo largo de su recorrido, un viaje mágico lleno de historias, historia, naturaleza y grandiosidad.

Calor extremo, agua extrememadamento fría, vegetación frondosa, flores, roca, playas de arena fina y casi blanca junto a formaciones de millones de años en constante cambio. Flores alucinógenas, catedrales de piedra compitiendo en silencio por su belleza, magestuosa y rotunda. Árboles que abren grietas en las rocas y crecen alargando sus ramas hacia el sol impetuoso que reina cada día. Cactus que parecen pulpos vegetales mostrando sus tentáculos surgidos de lo más profundo del mar de rocas que puebla este inmenso monumento natural. Luna llena de noche, sol, más sol, mucho más sol. Julio cumple con su misión de aportar su particular ración de intensidad a la experiencia del Gran Cañón.

El río se torna mucho más oscuro, arrastrando barro, algunas ramas y múltiples sedimentos a lo largo de su curso. Calma, calma, más calma mientras escuchas el ronroneo cada vez más poderoso de un salto de agua seguido por un tramo de rápidos. Rápidos cargados de agresividad domesticada por un barco demasiado pesado para volcar, pero donde se cuentan historias de los primeros intrépidos exploradores del Gran Cañón.
Ruido de chicharras ensordecedor y el calor de las rocas, abrasador, despiadado a la caída de la tarde... no hay respiro. El viento árido y la sequedad extrema del aire intensifican la sensación de estar como en otro planeta, donde las condiciones de vida son extremas pero la belleza tan inmensa que compensa la extenuación al final del día.
Pasamos del rojo a medida que avanzamos a un negro charol de unas rocas que parecen estar derritiéndose y que hablan de un pasado volcánico. La erosión, el sol, la nieve y el hielo del inverno dibujan en todo momento formas impredecibles y nunca iguales. Vetas rosadas atraviesan como rayos algunas de estas brillantes paredes oscuras. Más y más formaciones que generan cañones laterales. Son como catedrales góticas o templos chinos, cada una de ellas original y magnífica. Surgen de la nada arroyos paradisiacos que en algún punto te regalan en forma de cascada una ducha natural, cristalina y revitalizante.
El cielo se torna oscuro de pronto, la amenaza de lluvia es casi como un regalo. El sol abrasa y sólo el río, cuando entras vestido en el para matener el cuerpo fresco después, alivia temperaturas extremas para los humanos. Humanos que desde siempre se han adentrado en las entrañas del cañón atraídos por lo que sólo si puedes ver, puedes entender.

Por las noches, mientras duermes tendida en la arena escuchando el rumor del río, la naturaleza sigue su curso. Con suerte nada te molesta y sólo tienes que sacudir tus zapatos antes de ponértelos por la mañana por si un escorpión o algún otro ciudadano desértico decidió acampar dentro esa noche. Con las primeras luces abres los ojos y si miras alrededor, a menudo ves huellas, recorridos a veces laberíntidos de quien ha merodeado por allí toda la noche pero no quiso molestar. Mejor así. El amanecer es como cada cosa aquí intenso, inmenso, silencioso... Sólo tienes que abrir los ojos al despertar y el regalo es tuyo, sin hacer nada. Te acuestas con un universo de estrellas acariciando tus sueños y te levantas con el sol despuntando tras las rocas rojas que pintan el horizonte de un paisaje asombroso.
Vuelta al agua, a la búsqueda de movimiento en la quietud mayúscula de las formaciones rocosas del cañón. Si estás atento, pronto comenzarán a desfilar por esa pasarela salvaje animales de toda condición por tierra y aire. Casi sientes que te estás entromentiendo en su día a día. Es como entrar en la casa de alguien sin pedir permiso y ver cómo se afeita o abre la nevera para buscar leche para el desayuno. Sin embargo, aquí los animales se mueven contando con el respeto del que mira y trata de pasar desapercibido en este vouyerismo desértico excepcional.

El curso del río va cayendo, hasta 2000 pies de altura desde el origen del viaje en Lees Ferry. El agua contiene cada vez más barro, una espesura que se ha convertido en algo tan familiar después de días que entrar en ella es casi como una anécdota insignificante.
En la última etapa del viaje, aún quedan sorpresas que no por esperadas decepcionan. Sorprende seguro ver el azul y el marrón chocolate dándose la mano formando dibujos en el agua. Como un vals de colores. Estamos en Havasu, simplemente uno de los lugares más memorables del cañón. Aguas cristalinas, piscinas naturales, casacadas que desembocan si continúas avanzando a la contra del transcurso del río en una impresionante caída de agua a la que no llegaremos. Sólo la veremos en las fotos de los libros y sin duda en las postales de las tiendas de regalos fuera del cañón, porque aquí no hay nada de eso. No hay prisa, ni cobertura de móviles, ni resquicios de ninguna de las vidas que cada uno llevamos detrás. Sólo hay un río que cuando entras en él, parece atraparte y trasladarte a otra realidad. Lo de fuera no existe. Hay tantos estímulos que reclaman cada segundo la atención de los sentidos aquí, que parece que este mundo es el real y lo que dejaste atrás es cómo una película de alguien que pareces tú pero como en otra dimensión, en otro tiempo.

La realidad es más real en el cañón, en las mismas entrañas de la tierra, abrazados por una naturaleza salvaje, desbordante, en apariencia inmutable pero siempre cambiante. La luz, los colores, los olores, el contraste extremo entre el calor infernal y despiadado de julio y un agua que fluye a una temperatura que corta la respiración.
Nueva York parece desde aquí cómo una mujer que a pesar de no ser muy agraciada supo sacarse el mejor partido de sí misma. Bolsos, zapatos, complementos, maquillaje, sesiones de peluquería para estar siempre perfecta y una buena dosis de marketing personal y lucha contra el desaliento. Demasiado perifollo buscando impresionar, conseguir miradas, éxito, renombre.
El Gran Cañón es la belleza serena y salvaje a la vez de quien nació guapa y no necesita adornos, ni laca de uñas, ni sombra de ojos. Un universo totalmente opuesto a la ciudad, donde la luna y el sol, el viento y la arena, el agua y las piedras lo llenan todo sin pretensión alguna.